Banalidad moralista para Michoacán

por Anel Hernández Sotelo *

El martes 29 de octubre, Carmen Aristegui realizó dos entrevistas que me han conmocionado por sus implicaciones discursivas y, por ende, sociales. El asunto: otros veintitrés muertos en Michoacán. Tanto el discurso del líder del Consejo Ciudadano de Autodefensa de Tepalcatepec, el médico José Manuel Mireles Valverde (disponible aquí), como las declaraciones del actual gobernador de Michoacán y ex presidente municipal de Morelia, Fausto Vallejo Figueroa (disponible aquí), me sugirieron diferentes reflexiones.

Aristegui pregunta a Mireles si “han podido registrar gráficamente la existencia de los cadáveres”, a lo que el último responde: “Así es.” Insiste la periodista: “¿Los han fotografiado?” Mireles responde: “No, ahí hay alguien que los [sic] puede hacer pero pos cuando hay ataques lo único que les interesa es defenderse, no hay forma de otra cosa.” Luego, el líder ciudadano expresó que los cadáveres se quedan ahí, hasta que otros miembros del consejo “los levantan” si la situación permite llegar a la zona, y que esto mismo hacen los templarios con sus caídos. Aseguró que entre los integrantes de las autodefensas sólo de Tepalcatepec ya suman tres mil ciudadanos armados permanentemente, y que el 28 de abril, después de la alerta del toque de campanas de la iglesia, los congregados armados sumaron cinco mil.

En este contexto, que el obispo de Apatzingán, Miguel Patiño Velázquez, haya hecho circular el pasado 15 de octubre una tímida denuncia en su misiva publicada en la página oficial del episcopado mexicano no es peccata minuta. Tampoco lo es que, al finalizar la entrevista, Mireles expresara que “el pueblo[,] que ya está libre en el estado de Michoacán”, tiene mucha confianza en el nuevo gobernador Fausto Vallejo —quien apenas hace unas semanas “retomó” su cargo después de pedir licencia por problemas de salud—. Se refirió a él como “un gran hombre y un buen ciudadano”, que “las veces que ha gobernado” lo ha hecho “bien, limpiamente”. Y concluyó con una frase que revuelve las entrañas: “y por favor no nos dejen solos, Carmen, no nos dejen solos.”

Gobernador verborréico.

Gobernador verborréico.

Luego de las declaraciones del médico michoacano, con el descaro propio de quien tiene por costumbre mentir, ocultar, maquillar, ponerse precio, Fausto Vallejo —quien se “siente en plenitud” y trabaja “intensamente del miércoles hacia acá” participando en reuniones con diputados federales y locales priístas— comenzó la entrevista aludiendo a sus ocupaciones de la jornada: “El día de hoy también tenemos una serie de actividades de exposiciones artesanales para promover a Michoacán.” Aristegui le pide luces “para entender qué pasa en Michoacán”.

Vallejo responde con sombras. Durante diez años “fue creciendo desgraciadamente este problema tan serio [el de la delincuencia organizada], que no hay que minimizarlo [sic]”. Ello ha provocado “respuestas de muchos ciudadanos de buena fe que han tenido la necesidad […] de buscar otras formas de seguridad”. Ahora, el nuevo gobierno federal apoya al estado “con todo”, incluyendo “una serie de paquetes de obras sociales […] para beneficiar a aquellas regiones en donde está más recrudecido el problema”. Cabe aclarar, empero, que éste no ha inundado “todo Michoacán” sino sólo “cinco o seis lugares en donde tenemos problemas mucho muy serios [sic]”. Desde ahí se desplazan los delincuentes “para hacer sus averías”. Si bien hay que considerar que los lugares tomados por el crimen son relativos, también es verdad que “hay una gran intimidación de parte de estos elementos” porque “entran y salen, salen y entran, en fin, en diferentes partes y con diferentes manifestaciones en el territorio michoacano pero están focalizados obviamente en cuatro o cinco municipios” —aunque “estas gentes, estos delincuentes en cualquier punto del estado obviamente pueden aparecer”—. Cabe resaltar que “estos elementos” son de “algún grupo delictivo” que realiza “actos vandálicos en donde ya se está investigando con mucha precisión [sic]”. Por otra parte, “la federación no nos ha abandonado” y “nosotros estamos ampliamente coordinados también con nuestros [sic] policías ministerial y la auxiliar”, aunque es necesario entender que la policía haya sido incapaz de identificar y recoger los 23 cuerpos que notificó Mireles por miedo a adentrarse en la zona: “el que anden con precaución nuestras autoridades sobre todo ministeriales en esos casos es comprensible.” Por lo demás, “si no existe el cuerpo del delito obviamente sería irresponsable de nuestra parte señalarlo”; por eso “hay que ver con cuidado las afirmaciones del doctor Mireles” sobre el número de cadáveres pues, aunque Mireles es “una gente seria, es una gente siempre echada para delante pero seria”, también hay que anotar que no parece posible la existencia de tres mil ciudadanos armados en autodefensa ya que “la seguridad, la tutoría, las armas [sólo] las puede llevar pero [sic] el gobierno federal y estatal”. En fin, que el discurso de Vallejo no tiene desperdicio.

Si comparamos el cierre del discurso de Mireles con el final de la carta del obispo de Apatzingán, se percibe una esfera mística. Conceptos como confianza, comunidad, fuerza, justicia, solidaridad son echados al viento, pues se le adjudican a entes que existen pero no podemos ver: dios y el estado. Sobre el primero, no quisiera herir susceptibilidades. Sobre el segundo, baste analizar las luces discursivas con las que aquel ente pretende adoctrinar. Lo más preocupante es que esta perversa estrategia de adoctrinamiento no está caduca pues, con base en discursos que ofenden la inteligencia —como el del señor Vallejo—, han hecho creer a millones de mexicanos que con los “programas sociales” (suponiendo que eso signifique algo), con una mejor educación y con una buena conciencia moral, México será un mejor país.

Sí, conciencia moral: no fumes porque causas cáncer en ti y en los demás; no comas sal porque somos un país de gordos, aunque los paquetes de la “cruzada contra el hambre” los financian empresas de “comida” con alto índice calórico y bajo porcentaje nutritivo; no fumes mariguana porque por tu culpa hay tantos muertos en este país. Y es que, ante la política-ficción sustentada en el abaratamiento del discurso, y ante la deposición discursiva del denunciante frente al ente metafísico que es el estado, la realpolitik en nuestro país se fundamenta en la construcción propagandística del culpable: el ciudadano de a pie. Porque se oyen voces argumentando que cada consumidor es causa de los muertos por narcotráfico. Sin embargo, nada se dice sobre el hangar que comparten capos y gobierno en el aeropuerto de la ciudad de México y de otras cuitas bien documentadas por Anabel Hernández en Los señores del narco (México: Random House Mondadori, 2010).

2 Respuestas a “Banalidad moralista para Michoacán

  1. La alianza gobierno-narco sigue imperando en el país. Los que llegan a las esferas gubernamentales como altos funcionarios quieren ser como los empresarios que llevan años en sus negocios, es decir, enriquecerse en un sexenio lo que a otros les tomó décadas. Para esto, no solo disponen dineros del erario sino realizan prácticas corruptas de contratismo ilícito, más aún, su avaricia desmedida los lleva a entrar al mercado del narcotráfico. Un claro ejemplo lo fue Televisa en Nicaragua para el caso empresarial, pero que tuvieron que haber participado funcionarios en las fronteras mexicanas. Otro ejemplo fue el del oriental con su almacén de billetes en una casa de Polanco. Nombres como Villanueva en caso de los políticos en que no sería raro hallar gente del Estado de México, una zona con alta taza de feminicidios. En fin, un Estado Narco que disemina sus prácticas al resto de los países latinoamericanos producto de las necesidades del imperio del norte que continuamente tiene muertes de civiles por la tenencia de armas a nivel generalizado.

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  2. Hola Pharsiffal. Estos asuntos que anotas, más otros que podríamos contarlos por miles sobre el contubernio entre políticos y narcos, nacionales e internacionales, asfixian el ambiente de por sí ya viciado de México. Por eso considero que debemos exponer no sólo los casos, también el discurso que se genera sobre ellos. Porque, como sabemos que la política mexicana es politiquería verborréica, hemos decidido no poner la suficiente atención en la manera en que nuestros políticos construyen discursos ininteligibles, que se reproducen en uno y otro estado, en uno y otro caso y en una y otra circunstancia.
    Hace pocos meses me di a la tarea de leer tres libros que, tal y como están las cosas, todo mexicano debería leer para lograr profundizar en las entrañas del narcotráfico mexicano: Los señores del narco (Anabel Hernández), Los malditos. Crónica desde Puente Grande (J. Jesús Lemus) y El narco en México (Ricardo Ravelo). Estas lecturas me abrieron el espectro de análisis sobre la cuestión con información documentada.
    Pienso que, de no ser capaces de enfrentar la realidad de esta guerra por medio de la información valiente de personas como los autores de estos trabajos, el discurso político seguirá siendo el mismo porque los ciudadanos que tenemos las condiciones para exponerlos, esto es, que no vivimos dentro de la zona de guerra, que disponemos de tiempos para la reflexión y que podemos -en mi caso, como docente- remover conciencias, simplemente anulamos ese discurso porque sabemos que mienten… Pero es importante saber cómo y para qué lo hacen. Saludos

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