por Wilphen Vázquez Ruiz *

Hace unos días nuestro país celebró un año más el inicio de la lucha por la independencia. Las celebraciones oficiales tuvieron lugar en distintos niveles,  y la más importante de ellas lució un tanto desangelada. Hablando metafóricamente, esta imagen quizá refleje el estado que guarda una parte considerable de la llamada sociedad civil.

Las inmediaciones del zócalo de la ciudad de México, el día del grito de Peña Nieto
Las inmediaciones del zócalo chilango, el día del grito de Peña Nieto

Me explico:

La participación de la sociedad ha sido pieza fundamental en muchas de las transformaciones que ha experimentado nuestro país desde su independencia. Baste decir que si bien podemos reconocer a una o más figuras relevantes que acaudillaron movimientos y transformaciones diversas, ninguna de ellas lo habría logrado sin contar con el apoyo de una base social por demás extensa. En lo que toca a la etapa moderna de México, tomando como punto de partida la revolución de 1910, la participación e importancia de los conglomerados sociales es fácilmente identificable. En los regímenes posrevolucionarios, la situación no es distinta, particularmente en el gobierno de Lázaro Cárdenas, quien, amén de ser un individuo excepcional por aprovechar una coyuntura única, fue apoyado quizá como ningún otro presidente en la etapa moderna de México por gran parte de la sociedad. Como se sabe, eso le permitió llevar a la práctica postulados fundamentales como el de la reforma agraria —no sin limitaciones— y, claro, la expropiación petrolera.

Pero limitemos ahora un poco más este periodo. En los últimos treinta años, la participación de la llamada sociedad civil no sólo ha sido fundamental sino que sus logros han sido notables. La movilización y autoorganización de buena parte de los capitalinos tras el terremoto de 1985, el impresionante respaldo a la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y la entrada entonces significativa e irreversible de las izquierdas en el Congreso de la Unión, la pérdida de la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados detentada por el Revolucionario Institucional hasta 1997 y en ese mismo año el triunfo de Cárdenas en la contienda por la gubernatura del Distrito Federal, el triunfo de Vicente Fox en la elección presidencial de 2000, el fracaso del proceso de desafuero de López Obrador en 2005, y el rechazo a la reforma energética de 2008 son pruebas de ello.

Pero, ¿dónde y en qué está la sociedad civil ahora? Ésta, me parece, se encuentra dividida y, peor aún, desdibujada. Baste recordar que tras las elecciones presidenciales de 2012 el Revolucionario Institucional volvió a ocupar la presidencia de la república con sólo el 38 por ciento de los votos, que el apoyo social a las propuestas no oficiales en materia energética dista mucho del ofrecido en 2008, que es notoria la pasividad de parte de los contribuyentes cautivos ante la reforma fiscal —no se diga ante los indicadores macroeconómicos del último año y las terribles implicaciones negativas de la reforma laboral—, y que la manipulación de contingentes enteros es aberrante, ya sea para el apoyo de propuestas oficiales o para el mostrado a cúpulas sindicales de índole diversa.

Durante el sexenio pasado, particularmente en su último tercio, se habló de un estado fallido y no sin razón. ¿Debe hablarse también de una sociedad fallida? Quiero pensar que no. Me acojo al hecho de que, como nación independiente, formamos un país relativamente joven con una existencia de apenas 200 años, muy menor a la de muchos países europeos y con marcadas diferencias en cuanto a los procesos históricos y sociales que dieron lugar a países como Canadá, Estados Unidos, Australia y algunos del sureste asiático. Incluso si nos comparamos con la mayoría de los países africanos y muchos de los asiáticos que consiguieron su independencia tan sólo a partir de la segunda mitad del siglo XX, el nuestro es por demás diferente y notablemente avanzado en algunos rubros; pero eso no basta. Vuelvo a preguntar, ¿dónde y en qué está la sociedad civil ahora? Añado: ¿cómo podemos despertarla, volverla consciente a cabalidad?

Por ejemplo, en el caso de la CNTE no se trata de desconocer la veracidad de algunos de los derechos de sus agremiados, pero tampoco de ser indiferentes a la venta de plazas, a las canonjías, a la corrupción del gremio y mucho menos a la de los gobiernos federal y estatales. Y si bien es cierto, como menciona uno de los miembros de este Observatorio, que incluso las negociaciones entre las cúpulas sindicales y autoridades correspondientes derivan en beneficios para las bases gremiales —aunque sea limitados—, vuelvo a señalar que eso no es suficiente, y tan es así que la situación económica de los agremiados y la calidad misma de la educación, desde hace ya tiempo, dejan mucho qué desear. Si esto lo ampliamos a otros problemas en los que la sociedad civil está involucrada, me temo que el panorama es sombrío.

Ahora, la historia, el estudio de la misma, nuevamente nos brinda una oportunidad que, por medio de un acercamiento sociológico, nos permita incidir no sólo en la política —aunque sólo sea a nivel individual—, sino también en la concientización de todo individuo con el que tengamos contacto. Una tarea monumental, sin duda; pero hay que hacerla.

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