Protestantes y policías

por Gerardo López Luna *

De hace unos años a la fecha, las imágenes y registros audiovisuales de las manifestaciones con demandas sociales en el Distrito Federal tienen dos caras —quizá cuatro.

En unas, por lo que puede apreciarse, grupos integrados sólo por hombres lanzan pedradas y hasta cocteles molotov a los escudos de policarbonato de estoicos granaderos, quienes soportan y no detienen (al menos no se muestra ni se publica en los boletines de prensa) a esos rapados o —con perdón de Flores Magón y Kropotkin— “anarquistas”.

Para muestra lo ocurrido en la manifestación del 10 de junio de este año, en la que fue detenido un muchacho tapicero y padre de familia que, en un valiente acto de conciencia, tomó una cartulina en la que estaba escrito “Porque el color de la sangre jamás se olvida, 10 de junio” y se interpuso entre los granaderos y esos “luchadores sociales”. Poco le duró el acto valiente: los granaderos lo jalaron —quizá para que pasaran las piedras—, lo golpearon y lo arrestaron (aparece en el minuto 7 del video). De los otros agresores, nada; cenarían en sus casas.

Las otras dos caras de los acontecimientos son los granaderos que persiguen a personas hasta en los andenes del metro, detienen a unos que se dicen periodistas independientes y a estudiantes universitarios, quienes gritan sus nombres y adscripciones mientras son, por medio de órdenes que se aprecian en las grabaciones, cubiertos y golpeados frente a las ya comunes cámaras digitales. En las imágenes que conocemos no aparecen agresiones de los detenidos contra las “fuerzas del orden”, como sí las apreciamos en las otras tomadas el mismo día y en diferente lugar.

Las protestas magisteriales y estudiantiles habían tenido, espero que aún, un aura de conciencia social. Todavía en los años setenta se escuchaba a las personas decir ante cualquier alza al costo del transporte público: “a ver qué dicen los estudiantes”, con la certeza que ellos defenderían su patrimonio. Ese pensamiento no era gratuito; se fue consolidando. Había memoria de movimientos estudiantiles como el de 1942, cuando los estudiantes se organizaron para protestar ante la decisión gubernamental de cerrar los internados de Chapingo, el Politécnico y varias normales rurales, despojando con esa acción a los sectores más empobrecidos del país de la posibilidad de educarse. Iniciaba la política educativa de ponderar las profesiones liberales sobre las técnicas (para un marco de este proceso véase este artículo).

En esa etapa del pasado de nuestro país, las generaciones educadas bajo el cardenismo fueron parte sustancial de la vida política. Exigieron justicia y mejores condiciones sociales con las cuales pudimos formarnos. A la par, al gobierno priista que le tocó lidiar con semejante organización de la sociedad profesionalizó una manera “torcida de hacer justicia” (véase este reporte de grupo National Security Archives): financió sociedades de alumnos, creó grupos de choque e infiltró espías en un sinnúmero de organizaciones, ya fuera de trabajadores sindicalizados o de organizaciones estudiantiles y magisteriales. Podemos decir que profesionalizó sus cuadros. Sus policías iniciaban su trabajo en las universidades y luego, al llegar a la edad adulta, los contrataba directamente en sus cuarteles y despachos de “inteligencia”. Así el gobierno conocía los planes de acción y la organización de esos grupos. Y también creaba otros de choque para, por un lado, desprestigiar las protestas y, por otro, organizar vandalismos, saqueos y daños en propiedad privada con la finalidad de que se aplicara la ley establecida en el título primero del libro segundo del código penal federal (que se ocupa, entre otros, de los delitos contra la seguridad de la nación, traición a la patria, espionaje, sedición, motín, rebelión y terrorismo).

Cuando participamos en asambleas o en marchas, existe la paranoia o razón que nos hace pensar que estamos vigilados, y la frase “no respondan a las provocaciones” parece una consigna. Ése es otro logro de la acción gubernamental: desconfiamos por puro presentimiento de nuestros semejantes, aunque el tiempo nos de la razón. Aquí cabe el recuerdo de Gilberto Guevara Niebla. Cuando, en una asamblea del Consejo General de Huelga en 1968, Ayax Segura Garrido proponía acciones radicales como organizarse militarmente y pasar a la clandestinidad. Gilberto Guevara le dijo a Raúl Álvarez Garín: “si ése no es policía, yo soy un príncipe azul”. Días más tarde, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, con necesidad de atención médica, pidió ayuda a Segura Garrido. Éste le envió veinte agentes de la policía.

En la manifestación del primero de septiembre de 2013 ocurrió un hecho singular: agentes encubiertos detuvieron a un “anarquista”. Pero ante las cámaras dijeron “es de nosotros” y lo dejaron libre, como puede verse aquí:

Una respuesta a “Protestantes y policías

  1. Conozco personalmente a Gustavo Ruíz Lizárraga, fotógrafo de la SubVersiones – Agencia Autónoma de Comunicación, quien como se puede observar en uno de los videos que acompaña tu nota, se limita a grabar otras detenciones. Según lo que expresas en el cuarto párrafo, se deduce que hay otros videos en donde supuestamente se le puede observar agrediendo a la policía. Te pido por favor que lo muestres, porque de lo contrario estarás cayendo en varias de las mayores faltas que puede cometer alguien que se dice historiador: mentir, tergiversar y generalizar sin pudor.

    Que exista efectivamente gente que agrede a la policía (o se resiste a ella, según el punto de vista), no justifica la detención de personas en lugares distintos a donde se dieron los hechos, máxime cuando estas se guían en base a prejuicios que tu pareces querer reforzar.

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