por Rafael Guevara Fefer *

Durante el siglo XIX, los voluntariosos estados nacionales, junto con algunos fanáticos del conocimiento que andaban buscando el método científico, ese otro santo grial, emprendieron la — así llamada por Ian Haking— domesticación de azar. Este proceso incluyó la voluntad de gobernar científicamente usando datos estadísticos públicos sobre cuántas personas mueren, cuántas nacen, cuántas se casan, cuántas son asesinadas, cuántas son criminales o cuántas son mujeres, hombres, niños, jóvenes o viejos.

También se usaron registros de otra índole, como los que arrojan las observaciones meteorológicas o los que son resultado de las transacciones comerciales. Entre todos los registros estadísticos que hoy son propios de esa disciplina que lleva en parte el nombre de su progenitor y que conocemos como estadística, hay unos de rotunda importancia para la historia las ciencias sociales: aquéllos sobre cuántas personas se suicidan, día a día, semana tras semana, mes con mes, año por año.

En 1897, Émile Durkheim publicó El suicidio, una monografía influyente para el pensamiento social durante todo el siglo XX. El tema no era nuevo, y el morbo que le acompaña tan viejo como la época clásica; la innovación de la obra vino por el uso científico de los datos estadísticos acumulados desde el siglo XVIII, así como por las apasionadas teorías científicas de Durkheim para explicar la cosas que le suceden a la sociedad lejos de lo enfoques psicológicos y medicalistas decimonónicos —que veían en la autoaniquilación un fenómeno extraordinario que se ubica en la mente del individuo.

Émille Durkheim
Émille Durkheim

Por el contrario, para el sociólogo de marras el suicidio puede ser explicado como un acto en sociedad por altruismo, por egoísmo o porque las cosas van de mal en peor (anomia) y en ocasiones no queda otra opción que ejercer la libertad de acabar con la vida propia. Libertad que cada vez que se ejerce establece que la vida no es monopolio de la biología, que nuestras enfermedades y nuestros cuerpos no pueden ser monopolizados por los médicos o siquiatras —que inventó el estado— y que nuestras vidas en comunidad ignoran los límites que imponen la sociología o la sicología. Y no obstante, los estados nacionales del siglo XIX y los del XXI, sin importar sus sistemas e ideologías políticas, se han celebrado a ellos mismos con orgullo por ser los garantes de la salud pública.

Eso sí, en los últimos dos sexenios, los líderes de nuestro gobierno dejaron recaer en el ciudadano la responsabilidad por el bienestar de la comunidad. Para saber cómo anda la salud social del país, podemos mirar el reportaje de Ángeles Cruz Martínez que apareció en La Jornada del 3 de abril —que puede verse completa aquí—, en la que se exponía que, en las últimos tres décadas, han aumentado casi en 400 por ciento los casos de suicidio en nuestro país.

Los datos: En 2011 se reportaron 5 mil 718 muertes autoinfligidas; el 41.6 por ciento de los suicidas tenían entre 15 y 24 años de edad; por cada cinco o seis hombres que consuman el suicidio hay una mujer; las mexicanas registran más intentos por quitarse la vida; por cada seis que lo intentan hay un varón.

Los métodos: El 78 por ciento de los suicidios es por ahorcamiento; el 25 por ciento de los suicidas usa armas de fuego, y el 5 por ciento recurren a envenenamiento (sobredosis de medicinas).

Llama mi atención que cerca de la mitad de quienes optaron por la libertad de acabar con sus vidas sean jóvenes de entre 15 y 24 años. Sin importar la diversidad de causas de orden mental, social, económico y anímico, lo cierto es que el número de personas adolescentes que en lugar de vivir se matan ha crecido espeluznantemente. Ignoro que hacían y dónde andaban esos chicos que se suicidaron. Lo cierto es que la mayoría de los jóvenes mexicanos de entre 15 y 24 años carecen hoy de opciones laborales y escolares, y su futuro —si no se toman medidas radicales ahorita— se avizora tétrico.

2 Comments

  1. En su libro Los orígenes del cine en México, Aurelio de los Reyes tiene un apartado sobre el suicidio a fines del siglo XIX, dentro del capítulo III, “Las diversiones públicas”. Las formas de suicidarse, dice el autor, constituían un reto a la imaginación, y a veces se lograba el objetivo y a veces no. La prensa liberal y científica le echó la culpa a la otra cara de la moneda del progreso: la inmoralidad, ya que pocos disfrutaban de sus beneficios, lo que producía “deseperación abajo y un profundo escepticismo en la clase media” (“Los suicidios y las muertes misteriosas. La influencia de la inmoralidad”, El Popular, julio 22 de 1897, p. 1.) La prensa católica aprovechó para culpar a la educación laica y a Manuel Acuña y otros positivistas o materialistas: “discípulos fervientes de Comte y Barreda, que dsconocían o negaban el alma humana y la existencia del Ser Supremo. Aún repercuten en el oído aquellas exclamacions de Manuel Acuña, tan blasfemas como audaces: “¡Mentira el alma! ¡Mentira el más allá!”. (“¿Cuál es la causa del suicidio entre los jóvenes”, La Voz de México, marzo 23 de 1899, p. 2″). También está presente la vena romántica, y al haber más mujeres suicidas que hombres, la explicación se atribuyó a la lectura de novelas románticas. De mi cosecha, agregaré que en el mito de la muejer fatal de fines del siglo XIX las prostitutas mueren de enfermedad, como ambigua referencia a la sífilis: Naná de viruela, Santa de cáncer; mientras que las mujeres de clase media se suicidad: Madame Bovary se envenena con arsénico, Ana Karenina se avienta a las vías del tren cuando éste se aproxima a la estación. Por último la nota de un suicida romántico: “Por no seguir sufriendo esa cruel pasión que por ella siente y por no aguantar más los regaños de mamá… se quita la vida suplicándole diga a los que haya ofendido lo perdonen… Adiós, Rosa, en el otro mundo nos veremos…” (“Suicidio. Un joven se dispara un balazo”, El Popular, junio 18 de 1897, p. 2). Por supuesto, en estos tiempos ya no existe la vena romántica, el suicidio entre los jóvenes se debe a una pura desesperación. Otro ejemplo contemporáneo es la película turcoalemana “Contra la pared”, en la que una pareja de origen turco radicada een ALemania se conoce en el hospital después de que ambos tuvieron un intento de suicidio. Aquí la causa no es económica ni romántica, sino que tiene su origen en el conflicto de identidad y en el choque cultural provocado por la migración.

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