por Rafael Guevara Fefer *

Celebro que el ejecutivo informe, ahora que nombró a Enrique Cabrero Mendoza director de Conacyt, que el país precisa de una política científica transexenal, en la que el presupuesto para ciencia y tecnología se triplique. Hay una idea clara y distinta entre gobernantes y científicos: la ciencia y la tecnología son la clave para el desarrollo. Imposible estar contra tal idea; pero hoy estamos tan atareados por aplicar cabalmente modelos económicos, sociológicos y politológicos foráneos como solución a las urgencias que nos presenta un mundo aparentemente globalizado y tecnocientífico, casi delirante, que hemos olvidado que quien mejor conoce nuestra realidad, sus límites, sus debilidades y sus fortalezas, somos nosotros.

La incipiente historiografía de la ciencia del México independiente y de la revolución demuestra que para enfrentar el futuro sólo contamos con nuestras instituciones, nuestros expertos, nuestra experiencia, nuestra tradición científica y tecnológica. Conviene recordarlo, pues en estos días ningún país puede imaginar su futuro sin ciencia y tecnología disponibles para atender a su singularidad, a su idiosincrasia y a sus intereses, siempre distintos y hasta en oposición respecto del interés de quien vende tecnologías a países como el nuestro.

De tal suerte, para contribuir a no olvidar nuestra centenaria tradición científica y sus diversos intentos por diseñar políticas científicas, invitó a recordar que en la sesión de la Sociedad Científica Antonio Alzate del 7 de febrero de 1927 —a la que hizo referencia el nuevo director de Conacyt en su toma de posesión—, el biólogo Enrique Beltrán Castillo presentó la reflexión “Las investigaciones científicas en México, su raquitismo actual y manera de promoverlas”. No era la primera vez que los científicos naturales llamaban la atención sobre las pobres condiciones en que desempeñaban su trabajo y mostraban cómo el quehacer científico sorteaba hartas dificultades. Pero en aquella sesión de la Sociedad Alzate se afirmaba con optimismo:

Acabamos de pasar por una de las más agitadas y capitales etapas de nuestra siempre turbulenta historia, y es natural que, en el inevitable desequilibrio que sigue a las convulsiones de los pueblos, estemos ahora experimentando, al lado de las ventajas y óptimos frutos que la revolución nos produjo, y que sería insensato negar, las consecuencias del agotamiento experimentado y del descuido en lo que, a la ciencia atañe, fue tenido durante el largo período de años en que otras cuestiones de palpitante actualidad, embargan por entero, y razón había para ello, la mente de gobernantes y gobernados.

Afortunadamente ese estado de cosas terminó ya y la patria, encauzada por el nuevo sendero que la conducirá a la cumbre, debe dedicar su atención a otros puntos que no sean sólo los que a política se refieren, y cuyos frutos son más benéficos para las colectividades que los producidos por ésta. Debe mirar con interés, con cariño y con ahínco, el desenvolvimiento majestuoso de la ciencia moderna, pues sólo ella es capaz de ayudarla eficazmente en la reconstrucción nacional que se inicia.

Estas palabras constituyen un testimonio de la negociación que los científicos realizan permanentemente con el estado y la sociedad. También permiten observar cómo los académicos insertaban su agenda dentro de la agenda nacional, desde una tribuna como la Sociedad Científica Antonio Alzate (fundada en 1884 por obra y gracia del naturalista Alfonso Herrera Férnandez). Esta sociedad fue hija pródiga de la Escuela Nacional Preparatoria y del extinto régimen porfiriano, así como el espacio propicio para pensar la política científica del régimen revolucionario.

En la ponencia de Beltrán se destacan también, finalmente, cuatro elementos fundamentales para propiciar el desarrollo de las investigaciones científicas:

[L]a producción de individuos capacitados para emprenderlas; el aseguramiento, para quienes a ellas se dedican, de las comodidades materiales a que tienen derecho; la emulación y aliento en sus trabajos, estableciendo para los que se distingan premios y recompensas, así como la manera de ampliar y perfeccionar sus conocimientos; y por último las facilidades necesarias para llevar a cabo las investigaciones, estableciendo nuevos centros científicos o enriqueciendo y ampliando los ya existentes.

Dicho de otro modo, el desarrollo científico precisa de formación de recursos humanos, salarios dignos, reconocimiento público a quien destaque en sus labores de investigación y, por último, instituciones con vocación de investigación.

* Profesor de carrera, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

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