La fragilidad del orden

por Luis Fernando Granados *

La perspectiva —distinta pero emparentada con la técnica pictórica del mismo nombre— es acaso la única herramienta intelectual propia de la historia: “arma secreta de los historiadores”, escribió de ella Eric Hobsbawm, acaso porque sabía que quienes nos dedicamos a la historia no estudiamos el pasado o el tiempo, sino que estudiamos las cosas desde el tiempo.

Dos semanas parecen poco tiempo para permitir una reflexión histórica sobre los sucesos del primero de diciembre, y seguramente lo serán para quienes siguen creyendo que la disciplina sólo puede ocuparse de faraones y autos encendidos con manivela. Algunxs de quienes colaboramos en este espacio —Dalia Argüello, Jorge Domínguez Luna y Alejandro Herrera Dublán en particular— estamos convencidxs de lo contrario: que catorce días son más que suficientes para situar en su contexto y con cierta perspectiva los enfrentamientos y la represión de ese día, traumático en más de un sentido, que iba a ser el de la restauración priista y terminó siendo algo mucho más interesante y complejo.

No es, por supuesto, que sólo ahora podamos comprender lo que ocurrió ese sábado. Producir una imagen retórica de lo ocurrido fue posible desde que estaban ocurriendo los acontecimientos, y lo ha sido durante cada minuto desde entonces. Es simplemente que hoy tenemos elementos —“datos”, palabras e ideas— para generar una imagen distinta, más completa aunque menos vibrante, de los sucesos.

Los alrededores del Congreso, el primero de diciembre

Los alrededores del Congreso, el primero de diciembre

Como todo hecho histórico, sobre todo cuando ocurre en las calles e involucra a miles de personas, el primero de diciembre fue más que la suma de sus partes. Cada uno de sus protagonistas —los activistas del Yo Soy 132 y los policías antimotines, los mirones y los manifestantes apenas vinculados con alguna organización, además por supuesto de quienes arrojaron piedras y quienes fueron detenidos— hizo y pensó cosas distintas a lo largo del día, ninguna de las cuales puede considerarse como la única “razón de ser” o explicación de los sucesos. Por eso la discusión sobre los infiltrados carece en realidad de sentido: ni militantes de la Alianza Anarquista Revolucionaria ni los miembros de la acampada del monumento a la revolución ni los provocadores policiacos vestidos de civil ni tampoco, si los hubo, los militantes de éste o aquel grupo clandestino, pueden atribuirse o ser responsabilizados del conjunto de los acontecimientos —y mucho menos de su sentido último.

Del mismo modo, el debate entre quienes subrayan el carácter pacífico de la movilización y quienes sólo vieron en los sucesos un “atentado contra la ciudad” tiene algo de absurdo. Ambas visiones son parcialmente ciertas. De hecho, reconocer la coexistencia de una manifestación pacífica con las acciones violentas de varios grupos de estudiantes, militantes y provocadores puede ser en realidad un mejor modo de evidenciar el carácter perverso de la respuesta policiaca: porque es prácticamente seguro que nadie entre el centenar de detenidos de la primera hora, ni tampoco entre los 14 presos sometidos a proceso, pertenecen a los grupos que efectivamente se enfrentaron a la policía. (Lo que quiere decir que, ya por ineficiencia, ya por complicidad, ya porque así convenía a sus intereses, las autoridades dejaron libres a todos los que en realidad atacaron a la policía.)

En conjunto, considerándolo como un solo episodio, parecería más bien que las manifestaciones, el zafarrancho y la grosera reacción gubernamental, así como la vigorosa y hasta ahora exitosa reacción de la sociedad civil, lejos de constituir una reedición del 10 de junio, 1971, supusieron un balde de agua fría para el triunfalismo restauracionista del PRI. En otras palabras: que poco importa si aquello quiso ser augurio de una “revolución proletaria”, chantaje de Genaro García Luna o prefiguración de lo que nos espera. A dos semanas de distancia, más estremecedor resulta advertir que todo aquello —además de opacar la toma de posesión de Enrique Peña Nieto— evidenció la fragilidad del orden en que vivimos, y también la incapacidad del nuevo antiguo régimen para imponerse del todo sobre todxs.

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