Usufructo del pasado

por Sergio Miranda Pacheco *

El sexenio de la salud, el sexenio de las obras de infraestructura, el sexenio de la estabilidad macroeconómica, el sexenio del desempleo, el sexenio del presidente ilegítimo, el sexenio del fraude electoral, el sexenio de la muerte, el sexenio de….epítetos todos difundidos en los medios tratando de definir los años en que Felipe Calderón Espinosa (digo, Hinojosa) fungió como jefe del poder ejecutivo federal. La brecha entre lo que los gobiernos liberales dicen haber hecho y estar haciendo en beneficio del país y lo que la sociedad realmente necesita es abismal y no parece tener fondo.

Simple y sencillamente aquí, y en el resto del mundo, el gobierno —con la complicidad de la clase política, financiera y empresarial— no tiene al bienestar de su sociedad como horizonte de sus acciones. “La estabilización de la economía —publicó en 1993 Pedro Aspe— a partir de un manejo realista del presupuesto, la privatización de empresas paraestatales, la reforma fiscal, la desregulación económica, la reforma financiera, la liberalización del comercio, la renegociación de la deuda externa y el fortalecimiento de la tenencia de la tierra, es el nuevo camino con el que el pueblo de México y su gobierno están llevando a cabo una ambiciosa reforma del estado.”

Guru neoliberal. (Foto: Javier Palacios, Cuartoscuro.)

Guru neoliberal. (Foto: Javier Palacios, Cuartoscuro.)

Lo que han llamado y siguen llamando los neoliberales la reforma del estado no ha sido otra cosa que su disolución, en tal medida que hoy día con los saldos institucionales de ese estado no ha sido posible garantizar el crecimiento económico ni el bienestar de la sociedad y, mucho menos, la paz, ni la seguridad ni el libre tránsito de sus ciudadanos. Por el contrario, el futuro de los mexicanos, además de hipotecado, es sombrío.

Al cinismo y al autismo de los defensores a ultranza de la reforma (destrucción) neoliberal del estado posrevolucionario —y de sus beneficiarios—, se suma el sinsentido de la celebración del aniversario del inicio del que fuera su proceso histórico fundacional: la revolución mexicana. No es que años antes tuviera sentido que el gobierno en turno y la clase política celebraran esa gesta histórica. La diferencia hoy en día estriba en que los gobiernos pre-neoliberales tenían un margen de decisión que hoy no tienen y la sociedad de entonces disponía de satisfactores que hoy le resulta cada vez más difícil sostener (salud, educación, empleo, alimentación, seguridad). Ciertamente, en esos años también gobierno y sociedad se sumergieron en la fantasía del poder omnímodo del estado y en las aberraciones políticas y sociales que eso produjo: autoritarismo, corrupción, pobreza, y silencio criminal frente a las injusticias del sistema.

Las celebraciones entonces del 20 de noviembre ocultaban esa realidad y eran el intento oficial por refrendar el pacto entre sociedad y gobierno. Hoy día siguen ocultando las aberraciones producidas por la sobada reforma del estado, pero amplios sectores de la sociedad ya no acuden a ellas sencillamente porque el estado neoliberal no tiene nada que ofrecerle.

Patética e insulsa es entonces la celebración de la revolución por parte de quienes se han encargado de pulverizar el orden social e institucional que produjo, al que han reemplazado con mayor pobreza, desigualdad, corrupción, impunidad, desorden y desintegración social e inseguridad. Creo que los neoliberales mexicanos por lo menos deberían tomarse la molestia de inventar su propio pasado y no seguir usufructuando uno que no les pertenece, que no comprenden y que no honran.

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