Bitácora

Carta 7. Luis Fernando y su pensamiento libre

Gabriela Pulido Llano

Los amigos son la familia que elegimos. Simplemente forman parte de uno, de la cotidianidad, las sobremesas, las alegrías y las frustraciones; están detrás de las decisiones sencillas y sobretodo de las difíciles, y de la continuidad de la vida. No hay amistad que no se cuente a partir de los éxitos y los fracasos, las mesas con los asados largos, los corazones rotos y sanados, los sueños más profundos, los viajes, los proyectos, los escritos. Los amigos se dan cuenta de lo que uno calla. Cada uno tiene una parte de uno, y uno una parte de cada uno.

Dr. Rata querido, empezaste hace más de una década a volverte parte de la cotidianidad de mi casa y mi familia. Ya eras mi amigo “esquivo”, como dice Dalia, hace casi treinta años, cuando iniciabas con tus carnales un blog dedicado a la Guerra del ’47 y me invitaste a hacer las traducciones. Ya entonces, hace treinta años, liabas tus cigarros con paciencia, se antojaban siempre, mientras escuchabas con la mirada puesta en el tabaco. O te rascabas la barbilla y acomodabas el fleco, tratando de encontrar comodidad en sillas o sillones que siempre te quedaban pequeños, antes de hablar fuerte, pausado y decidido, crítico, expresando siempre tu pensamiento libre y obsesivo. Ahí coincidimos, pero hace 12 años ya coincidimos en todo y eras una presencia fuerte y especial en la cotidianidad que es la vida.

Con “La historia que necesitamos para el país que queremos” vino una larga etapa de especial intensidad. L. F., como firmabas tus mensajes, no perdiste ni un momento tu mirada profunda y tu crítica aguda. Yo me mantuve en la periferia o eso creía, aunque muy cerca, tanto del Observatorio como de El Presente del Pasado, porque no me gustan las “sectas”, así te lo decía yo; aunque claro que de esa “secta” quería y quiero y respeto a cada uno de los soldados de estos dos espacios que a todos nos cambiaron la vida. Eras como la “abuelita”, como dice Halina, que nos congregaba, nos mantenía unidos. No había discusión que no ganaras, aunque sólo fuera por agotamiento de la contraparte. Sin embargo, después de llevarme hasta el corazón de mis proyectos o escritos, con cuestionamientos sin pausa, podías hacerme sentir la más chingona. Mínimo terminar en la Flor del Son para cerrar algunos agotadores días de trabajo.

Estos días he leído, para recordar tu mente brillante y tu pensamiento libre, reseñas entrañables y reflexiones profundas acerca de tus aportaciones decisivas a la historiografía mexicana. Tus ideas acerca de “la irrupción española y la guerra mesoamericana” apenas empezaban a rendir fruto, así como tu obsesión cada vez más minimalista por diseccionar las fuentes históricas. También estaban cocinándose tus inclinaciones por profundizar en el concepto de “historia viva”, ejercicio que valorabas con especial emoción al tratarse del contacto con colegas y amigos queridos tuyos especialistas en otras disciplinas, además de la historia. Iba una segunda vuelta para concursar por recursos y poder empujar un proyecto de memoria digital, de la historia viva en algunas comunidades de tu nuevo territorio veracruzano recientemente conquistado. Estabas calentando los motores para emprender esta nueva búsqueda, de la que sólo habías recogido algunas muestras como un científico viajero a la vieja usanza. Empezabas a hacer tus maletas cuando el COVID-19 te encerró en tu cueva y le tomaste la palabra: te encerraste a escribir.

Fue un honor aquel mes de agosto de 2018 cuando, en el Alipús del centro de Tlalpan, aceptaste ser el director de contenidos digitales de MEMÓRICA. Aunque siempre tuvimos, como me dijiste muchas veces, “dos proyectos diferentes” en la cabeza, trabajar contigo me hizo sentir segura y fuerte. Aún conservo el documento con el que lanzaste tu plataforma de conceptos. Un documento igual de singular que tus ejercicios mentales para apropiarte de las fuentes: un espejo de tu mente. La presentación tenía fondos negros con palabras escritas en letras blancas, animadas, volando en la pantalla para acomodarse en un desorden que era un orden. El caos en orden como tu pensamiento libre. Gracias por cuidar de mí y de tu manada en MEMÓRICA; antes, durante y después de tu paso por ahí. A pesar de tu regreso a la ciudad adoptada, nuestra comunicación no disminuyó sino todo lo contrario, y de ahí vinieron los paseos en Xalapa y el puerto y aquí en mi casa/tu casa, el resto de las sobremesas.

Hace unos días comprendí que este dolor debo dejar que duela lo que tenga que doler. Te adelantaste dejando una “falta sin fondo” aquí donde te recordaremos siempre querido amigo…

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