Entre el folclore y la militancia

Paula López Caballero

La ceremonia popular de toma de posesión, que reunió a más de 130 000 personas en el Zócalo de la ciudad de México el pasado 1 de diciembre, descolocó a la opinión pública. Me incluyo en los descolocados. Escribo entonces desde mi propia sensación de extrañeza hacia esas expresiones de participación colectiva, pero también desde mi ánimo —aún esperanzado— por construir comunidad política a través del debate público.

En el plano más evidente, esta ceremonia invita a reflexionar, primero, sobre los contenidos que el nuevo gobierno está colocando en la identificación “indígena”: quién pertenece y quién no y según qué criterios. Segundo, sobre la relación que el nuevo gobierno propone tener con quienes se autoidentifican y son identificados como “pueblos indígenas” o “pueblos afromexicanos”. Tal vez, incluso haya quien vea en este espectáculo un intento por apropiarse la legitimidad de sectores —como quienes se agrupan en el CIG— que no colaboraron ni quieren colaborar con el proyecto de Morena. En un plano más profundo, tanto el acto como los comentarios que ha desencadenado son terreno fértil para interrogar las maneras en que suele pensarse lo indígena en México: a qué coordenadas se apela, qué es admisible y qué no sobre esta forma de identificación. En suma, qué imagen de lo indígena se produjo en esa ceremonia.

El cuadro dibujado en el Zócalo contenía pinceladas de Fonart, de danzas de la mexicanidad y de murales posrevolucionarios. El envoltorio folclorizante del producto final es, pues, innegable. La fotografía de conjunto hoy convertida en ícono, tan calculada y excelentemente producida, es el mejor ejemplo. Representación recargada —excesiva, dirán algunos—, pero también poderosísima, de un cierto tono o alianza con los más marginados. Éste es el “paquete” que ofreció el nuevo gobierno y sobre el que se ha glosado en los últimos días. La pregunta, sin embargo, es: ¿eso fue todo lo que pasó?, ¿eso fue lo único que el equipo de AMLO eligió transmitir ese día? Creo que no. De ahí la insuficiencia de los comentarios hasta ahora vertidos. De ahí también que sean tan útiles para explicitar las formas más generalizadas de pensar sobre lo indígena. Veamos.

Hubo, por un lado, quienes invocaron, una vez más, el populismo de Echeverría como la inspiración del “Amlofest”. Y por otro, de manera por lo menos sorprendente, muchos de los ataques la ceremonia se hicieron argumentando que esas prácticas “vienen de tres siglos de virreinato” (como éste), lo cual las invalidaría o las haría menos indígenas, o que esas personas “no representan a nadie” (por ejemplo aquí) e incluso que llevaban “bastones de mando patito” (como se dice en esta nota). En todos estos comentarios se develan varios presupuestos compartidos por ambas críticas, aun si cada una pudiera asociarse a posiciones antagónicas en el espectro político (los liberales anti-populistas, la izquierda anti-electoral).

Poco o nada sabemos de las personas que participaron y que entregaron el bastón. Parecería estar de más informarse sobre cómo fueron invitados los participantes, no digamos ya entrevistar a las personas que ahí estuvieron, conocer sus motivos, escuchar sus razones. Lo único que se retiene de ellos es su indigenidad. Trayectorias, proyectos e historias singulares desaparecen a favor de entidades colectivas como “los indígenas”, “los mayas” u otro nombre etnolingüistico que se desee. No importa quién entregó el bastón. Así, Carmen Santiago deja de ser la activista que defiende recursos naturales para volverse la encarnación —fallida según quienes consideran que no es legítima— del pueblo zapoteco. El hombre que entregó el bastón de mando viene de Ayutla de los Libres, un municipio altamente combativo de la Costa Chica de Guerrero que, tras años de luchas políticas, logró elegir a sus candidatos por usos y costumbres. Da igual que en tiempos de Echeverría participaran presidentes municipales impuestos con fraudes electorales —parece decirse—, y que ahora lo hagan líderes que luchan por recursos naturales o libertad política.

Carmen Santiago con Andrés Manuel López Obrador. (Foto tomada de aquí.)

Aceptamos con facilidad que nunca ha habido una sola manera de ser mexicano o de ser mujer o de ser de izquierda. Y sin embargo, cuando se trata de “los indígenas”, la multiplicidad de posturas políticas, actitudes, experiencias y formas de expresión terminan alineadas en una única escala para medir su autenticidad. Incluso por quienes en principio defienden el derecho a la diversidad, la aceptación de la diferencia, la tolerancia al otro.. Como si sólo pudiera existir único sujeto social que legítimamente puede reclamarse como indígena, situado necesariamente al margen de las instituciones gubernamentales. ¿Cómo interpretar entonces el 64.2 por ciento de votos que obtuvo AMLO en los municipios catalogados como indígenas de Oaxaca o el 50 por ciento que obtuvo en los municipios indígenas de Chiapas? (Un análisis del voto indígena en las elecciones de 2018 puede verse aquí.) Así, el desacuerdo o la divergencia política se convierten en un dictamen, ya no sobre el actuar político de otras personas sino sobre la legitimidad de su existencia.

Al privilegiar a las entidades colectivas por sobre las trayectorias y los proyectos de los activistas; al trasladar el debate político a un eje moral de medición de autenticidad; al presuponer que “los indígenas” actúan de manera uniforme y en bloque, siempre iguales a sí mismos, lo que aparece son esencias en vez de actores. Y sin embargo, parafraseando a Z. Bauman, si alguien es antes de actuar y todo lo que haga no cambiará lo que es, ¿no estamos ante el sustrato más básico del prejuicio y la discriminación?

La representación que AMLO y su equipo orquestaron fue exitosa por su inédito grado de aceptación pública. Develó además muchas de las coordenadas más usuales para pensar lo indígena, así como sus límites. Ejes que atraviesan todo el espectro político, al grado de encontrarse incluso en discursos de emancipación y de resistencia. El importante lugar atribuido a los activistas políticos en medio del folklore a gran escala parecería ser un tímido indicio de cierta voluntad para cambiar los sustratos más racistas, clasistas y excluyentes de la categoría indígena. Queda por ver si el Instituto Nacional de Pueblos Indígenas y, de manera general, la “cuarta transformación”, podrán desafiar ese sustrato naturalizante, homogeneizante y ahistórico de la identidad “indígena” que no es exclusivo del nuevo gobierno y que, a pesar de que permite formular demandas y reivindicaciones, al negar la diversidad, el conflicto y la variación histórica, tanto en el interior de cada grupo como en las relaciones entre ellos, termina pareciéndose más a una camisa de fuerza.

paulapezca@gmail.com

 

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