por Halina Gutiérrez Mariscal

En uno de sus promocionales de campaña, Ricardo Anaya dice con todas sus letras: “Ésta no es una elección más. Está en juego el futuro de toda una generación. Y ésta no es una contienda entre dos personas. Es una contienda entre dos visiones de país.” Sin afán de expresar apoyo alguno a Anaya, es necesario subrayar que la razón le asiste en dicha afirmación. Por otro lado, la afirmación del candidato de izquierdas que habla de la “cuarta transformación” tras su triunfo electoral, y que parece totalmente desproporcionada, apunta hacia un mismo punto: lo que está pasando en México forma parte de un entramado más grande, inserto en un proceso de lo que yo llamaría el desgaste del modelo político y económico vigente. Probablemente no es a esa lectura a la que se refiere ninguna de las dos afirmaciones, y sin embargo basta mirar un poco más allá de las fronteras para poder hacer dicha interpretación.

Aunque la historia reciente latinoamericana podría ser analizada en varios niveles, me parece que para efectos de este texto vale la pena recordar dos de ellos: en el aspecto económico la región probó, entre finales de los años setenta y noventa del siglo pasado, con muy poco éxito para los sectores mayoritarios, el modelo neoliberal impulsado por el Banco Mundial, con el que se aplicaron reformas que modificaron la relación del estado con los diversos sectores sociales y establecieron una política económica individualista, que comenzó a desacreditar la solidaria visión de periodos anteriores: lo novedoso serían cuentas individuales de ahorro para el retiro, empresas privadas en donde el trabajo individual fuera la pauta de crecimiento e incluso impulso de programas sociales en donde el estado pasaría a ser un moderador y complementador de recursos.

En un segundo nivel, el político, podríamos decir que las medidas descritas fueron implementadas por una generación de políticos formados en Estados Unidos, y que con un discurso democratizante y conciliador en algunos casos, o violento y dictatorial en otros, llevaron los destinos de sus país hacia un marcado sendero derechista.

Después del estrepitoso fracaso de dichas políticas, que apostaron por la reducción del gasto público en educación, salud, servicios de seguridad social e infraestructura pública, y cuyos efectos profundizaron la desigualdad e incrementaron la pobreza, hubo un relevo político que supuso la llegada de gobiernos de izquierda, nacionalistas, que llevaron a la región a importantes logros en la reducción de la pobreza y en el mejoramiento de las condiciones económicas y sociales de sus países: hablamos de los gobiernos de Hugo Chávez en Venezuela, Lula da Silva (seguido por Dilma Rouseff) en Brasil, Néstor Kirchner (sucedido por Cristina Fernández) en Argentina, Tabaré Vázquez (seguido por José Mujica) en Uruguay, Evo Morales en Bolvia, Rafael Correa en Ecuador.

Se trató de gobiernos caracterizados por un fuerte protagonismo del estado en la economía, un importante impulso de las clases populares en cuestión política, económica y social y una no menos notable redistribución de la riqueza, llevando a estos países a reducir la pobreza y los índices de desigualdad. Se trata también de gobiernos que mantuvieron la soberanía sobre sus recursos estratégicos, rechazando la intervención estadounidense en materia económica y sustituyendo ese trato comercial con acuerdos regionales.

En ese panorama, México se mantuvo al margen de esta transición hacia la izquierda en el continente, y lleva ya varios sexenios intentando profundizar las reformas estructurales que no ha podido completar. Podría decirse que el virtual triunfo de Andrés Manuel López Obrador —quien ha marcado prudente distancia no sólo de la derecha, sino también de esas izquierdas latinoamericanas— llega tarde si lo situamos en el contexto latinoamericano, lo cual supone una importante desventaja, por la poca posibilidad de relaciones convenientes con gobiernos del mismo corte.

Tras esa serie de gobiernos de izquierda, opuestos a las medidas neoliberales y empeñados en la soberanía económica de sus países, hemos visto ascender a gobiernos de una derecha ultraconservadora, que han comenzado ya a vivir sus primeros desencuentros con la ciudadanía. Hablamos de los casos de Mauricio Macri en Argentina, Michel Temer en Brasil, Horacio Cartes en Paraguay o Lenín Moreno en Ecuador. A estos se podrían sumar el descrédito en que ha caído la República Bolivariana y la derrota de Evo Morales en el referéndum para la reelección en 2016.

La pregunta de por qué esos países, que vivieron evidentes mejoras en los niveles de vida de su población, aumentos salariales y una distribución más equitativa de la riqueza, transitaron tras un par de periodos presidenciales a una derecha radical, es totalmente válida, necesaria. Si el grueso de la población se vio beneficiada, ¿por qué las izquierdas latinoamericanas fueron perdiendo el apoyo popular, en algunos casos, o cediendo ante las presiones de la derecha reorganizada en otros?

Creo que las explicaciones deberían ser puntuales para cada caso, pero me parece que, si buscamos prestar atención a los factores comunes, hay varios que no podemos dejar de mencionar y que llevaron a una pérdida no solo del apoyo popular sino del poder.

Un primer asunto tiene que ver con el modelo económico. Estos gobiernos progresistas fincaron sus avances económicos y sus programas sociales sobre las viejas estructuras económicas: la dependencia de la venta de materias primas. Mientras hubo una bonanza en los precios internacionales, el crecimiento se hizo posible, pero cuando a partir de la segunda década del siglo XXI hubo una tendencia a la baja y los ingresos debieron reducirse, el descontento social de una nueva clase media nacida de las reformas sociales fue capitalizado por una derecha reorganizada.

Otro asunto que es necesario poner sobre la mesa en este análisis es el hecho de que la distancia que estas economías tomaron del comercio con Estados Unidos debía ser sustituida por fuertes vínculos en la región. Aunque sí hubo iniciativas al respecto y se crearon mercados regionales que beneficiaron a los países implicados, lo cierto es que dicha actividad no fue proporcional a lo que se perdió al disminuir o cortar el comercio con el norte.

Una cuestión más que finalmente mencionaría tiene que ver con los liderazgos personales. El ejemplo tal vez más claro y más dramático de esto sea Venezuela. La falta de un fortalecimiento institucional llevó a que, tras la desaparición del líder, el sistema comenzó a colapsarse. A esto deben añadirse las sonoras acusaciones de corrupción en los círculos más cercanos de los gobernantes. Todos estos desaciertos podrían ser considerados como parte del camino que llevó a la pérdida de apoyo y poder de dichos gobiernos latinoamericanos.

2018 es un año de expectativa en toda la región. Las elecciones de México no han sido ni serán las únicas en llevarse a cabo. En marzo pasado Miguel Díaz-Canel fue elegido para suceder a Raúl Castro en la máxima dirigencia de Cuba y ha de enfrentar el nuevo distanciamiento con el gobierno estadounidense. En abril, Mario Abdo, del sector conservador y vinculado con la gente de Stroessner, ganó las elecciones en Paraguay. En Costa Rica, Carlos Alvarado ha logrado, también en abril, derrotar al candidato conservador Fabricio Alvarado. El domingo pasado, en medio de protestas y desconocimiento por parte de la oposición, Nicolás Maduro ganó de nuevo la presidencia de su país, la cual se niegan a reconocer no sólo muchos ciudadanos de su país sino los países de la región pertenecientes al “grupo de Lima”. El domingo 27 de mayo Colombia vivirá unos comicios que se han visto fuertemente influidos por el proceso interno de pacificación con las FARC y por la cercanía con Venezuela y los efectos que eso ha tenido en el país. En octubre hay elecciones previstas en Brasil, las cuales se han visto enturbiadas por la detención del virtual candidato con mayor apoyo entre la población, Lula da Silva.

Como vemos, por muy ensimismados que podamos estar en nuestras elecciones, el proceso de renovación de poderes es regional, y la pugna entre dos visiones de gobierno prevalece. En México, la ventaja evidente que Andrés Manuel López Obrador tiene en las encuestas de opinión sobre sus oponentes parecen apuntar a un triunfo indiscutible. Lo que tendría que ocurrir para que López Obrador fuera derrotado por tercera vez en las urnas seguramente incendiaría a la sociedad, y provocaría grave inestabilidad política para el gobierno entrante.

Hay dos cosas que quizá deberían ocupar mayor discusión. ¿Con qué panorama regional e internacional deberá lidiar el próximo gobernante mexicano? Si, como está previsto por el panorama actual, ganara por primera vez la izquierda, tengo la sensación de que llegaríamos trasnochados a la fiesta. La oleada de los grandes gobiernos de izquierda ha pasado y crear vínculos económicos y políticos sólidos con los gobiernos latinoamericanos de derecha no sé si sería posible, o deseable. Eso colocaría a México en una posición vulnerable en su relación económica con Estados Unidos, que además no está pasando por su mejor momento en lo que a política exterior se refiere.

Segunda discusión urgente: las barbas de muchos vecinos han sido cortadas. Deberíamos comenzar a remojar las nuestras. ¿Qué debería hacer un gobierno de izquierda en México para colocar al país en la vía de un proyecto de nación que fuera viable no solo para un sexenio —en el que será posible apenas comenzar a esbozar algunos cambios, no hacer grandes modificaciones— sino para un periodo que al menos permitiera probar un modelo distinto y sus resultados? Mirar las lecciones que ha dejado América Latina debería ser prioritario para el nuevo gobierno.

Al final, creo que lo que terminará decidiendo el futuro, no sólo de México sino de todo el continente, tendrá que ver con la conciencia de la población sobre sí misma y su papel en los procesos políticos y sociales de sus países. Más allá del ejercicio del voto, la sociedad latinoamericana —nos incumbe en especial la mexicana— deberá tomar partido, asumir su posición y desde ella defender todo aquello que deba ser defendido en nombre de la libertad y la justicia, si esperamos salir librados de esto que bien podría ser definido como un cambio de época, como una ruptura de sistema, que se hace evidente más allá de las fronteras continentales.

1 Comment

  1. Uno. México es otra historia, otra sociedad y otra circunstancia… Ya no enseñan a evitar ancronismos ne la historia?
    Dos. La evolución de las decadencias ne la clase en el poder son diferenciadas y asincrónicas.
    Tres. Tampoco los análisis de la historia del presente son una isla; se producen en los archipiélagos del desencanto Presente

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s