por Arturo E. García Niño *

1. Inmigrantes, banlieues y cités

Bondy es un suburbio de París enclavado en el departamento 93 (Siene-Saint-Denis), el cual por lo menos desde la posguerra y hasta el final de los años setenta fue un espacio habitado por la añeja clase obrera ligada al Partido Comunista y hoy es una zona multicultural y pluriétnica, ocupada no sólo por “franceses con raíces” —como se autodesignan los europeos para diferenciarse de aquellos franceses cuyos abuelos o padres llegaron de las ex colonias africanas, del Medio Oriente o de América Latina— sino por migrantes con variopintos orígenes, donde la presencia árabe y africana se revela notable a simple vista apenas alguien se aventura a transitar por los andadores y calles que cruzan y circunvalan dicha zona.

Si en el siglo XIX esas tierras eran un espacio fronterizo entre los medios rural y urbano, en donde la burguesía parisiense construyó sus chalets para alejarse del mundanal ruido que signa a los centros de las ciudades todas, en la década de los años sesenta del siglo XX fueron llenándose de franceses jodidos económicamente y de migrantes —también jodidos—, lo que convirtió al término banlieue en despectivo para referirse a esos barrios suburbanos, en los cuales fueron apareciendo las cités, unidades habitacionales plagadas de inmensos cubos de concreto de veinte pisos —homenaje cimero al modernismo de Le Corbusier—, albergadores de hasta cincuenta pequeños departamentos por nivel.

Banlieue y cité son hoy epítetos estigmatizadores, cuyo significado evoca en la mente de quienes habitan el país de la triada emblemática de la ilustración y la modernidad judeocristiana (y por ende universal, claro) un significante que aglutina la triada musulmanes-desempleo-crimen. También hoy, luego del 7 de enero y del 13 de noviembre de 2015, la vecindad entre los parisienses urbanos, así como la burguesía que aún conserva sus chalets construidos en los suburbios durante el siglo XIX, y los franceses y migrantes de origen árabe y africano de las cités, se ha tensado al máximo, incrementando, según Badroudine Abdallah y Mehdi Meklat —escritores que sostienen un blog en Bondy—, una “frontera social” que genera de siempre una dinámica esquizofrénica entre París y los suburbios.

La policía Bondy en 2013. (Foto: PhotoPQR-Le Parisien.)
La policía en Bondy en 2013. (Foto: PhotoPQR-Le Parisien.)

2. Dime cómo te llamas, dónde vives y… te diré que no

Ser originario o vivir en las banlieues representa a priori, además de la marginación y carencia de servicios sociales, un grave impedimento para quienes buscan empleo. Por ello, según relata George Packer en un ejemplar reportaje publicado en The New Yorker,

[…] casi cada residente que conocí tenía una historia acerca de la discriminación. Fanta Ba, hija de inmigrantes senegaleses, ha tenido que enviar solicitudes de trabajo usando su segundo nombre, que es francés, y afrancesar su apellido a Bas, aunque ella sigue sin trabajo y cada vez que se entera de un ataque terrorista en Francia pide rezando: “que no sea un árabe ni un negro ni un musulmán.”

Otros habitantes de las cités no sólo hacen lo que Ba(s); también dan como su domicilio el de algún conocido en París —en caso de tenerlo, claro, lo que no es frecuente.

En los años treinta del siglo pasado, Francia llegó a tener el mayor número de inmigrantes en Europa. Tal dinámica se mantuvo en la posguerra y en las décadas subsecuentes, lo que no significa que se diera la integración de los migrantes y sus descendientes. No. La separación empezó a crecer cuando, en el tránsito de los cincuenta a los sesenta, la lucha por la independencia de Argelia polarizó a la sociedad francesa y la historia de los oriundos de las antiguas colonias fue ocultada y no enseñada en las escuelas. El filme La batalla de Argel (Pontecorvo, 1966) estuvo prohibida hasta 1971 y el asesinato por la policía de más de 200 manifestantes franceses y argelinos, cuyos cuerpos fueron arrojados al río Sena el17 de octubre de 1961desde el puente Saint-Michel —hecho sobre el cual Jacques Panigel filmó su documental Octobre à Paris (1962), también prohibido y perseguido—, fue reconocido hasta 2001, cuando el alcalde socialista de París, Bertrand Delanoë, colocó en el puente una placa en memoria de los masacrados. En 1997, el documental obtendría el permiso de distribución y en 2012 el presidente Francois Hollande, en nombre de la república francesa, haría un homenaje en memoria de las víctimas.

3. Terrorismo, miedo e intolerancia

Con antecedentes tales, las amenazas de Al Qaeda y de Daesh —como se llama en árabe el llamado estado islámico de Irak y Levante, que durante 105 días en 2014 “arrasó con Iraq y Siria, derrotando a sus enemigos con facilidad aun cuando éstos eran más numerosos y estaban mejor equipados [atribuyendo] sus victorias a la intervención divina” (Patrick Cockburg, The Jihadis Return: ISIS and the New Sunni Uprising [Nueva York: OR Books, 2014])—, los hechos del 7 de enero de 2015 provocaron que el francés medio, apuntalado por el discurso de la extrema derecha, volteara la vista a las banlieues buscando a los culpables de las masacres. Y los hechos del 13 de noviembre reactivaron esa paranoia antimusulmana y antiinmigrante. Sin embargo, las estadísticas muestran que no hay conexión mecánica de causa-efecto entre terrorismo y las clase jodida habitante de las cités; muchos, muchísimos, de los europeos (franceses en particular) incorporados a los grupos terroristas “árabes” son jóvenes burgueses y clasemedieros —lo que no significa que los jodidos no se incorporen, por supuesto.

Más de 1 500 franceses se han unido a Daesh, una cuarta parte del total de europeos que lo han hecho, y la mayoría de estos musulmanes “blancos” no tiene relación alguna con las banlieues ni pertenecen a familias desintegradas. Farhad Khosrokhavar, especialista en yihadismo, expone en Radicalisation (París: Éditions de la Maison des Sciences de l’Homme, 2014) que el reclutamiento de los franceses o inmigrantes de origen árabe no se hace en las mezquitas, porque éstas han estado bajo tal vigilancia que hoy venden su apoliticismo como valor agregado. Se da en las cárceles —y también, obviamente, vía internet—, como resultado de una ecuación donde la suma de racismo, marginalidad y desempleo en las banlieues alimenta la delincuencia: los delincuentes van a prisión convencidos de que el culpable de su infortunio es el estado francés y ahí son captados por gente como Djamel Beghal, tutor y guía, por ejemplo, de Amedy Coulibaly y Chérif Kouachi cuando coincidieron en prisión. Luego éstos, unidos a Said, hermano de Chérif, perpetrarían los ataques a la sede de Charlie Hebdo y morirían baleados por la policía dos días después del atentado.

La ola antiinmigrante —y anti-habitante de las cités— va in crescendo, no obstante testimonios como el de Sonia Imloul, trabajadora social que vive en un pequeño departamento en Siene-Saint-Denis y quien asiste a familias que piden ayuda para sus hijos sospechosos de ser yihadistas. Imloul dijo a Packer: “he tenido hijos de médicos, periodistas, generales. Es casi una epidemia nacional.” Y agravan el futuro circunstancias sociales puntuales de las cárceles: por ejemplo, que de los 64 mil prisioneros que hay en Francia, el 60 por ciento son musulmanes, grupo éste que representa sólo el ocho por ciento del total de la población en ese país. El ámbito carcelario es ad hoc para el reclutamiento, le dijo a Packer un ex preso que vive en Siene-Saint-Denis: los fundamentalistas se dirigen a los internos psicológicamente débiles que no reciben visitas y les ofrecen consuelo, una nueva identidad y la visión política de invertir el orden social. El sentimiento de exclusión en las banlieues es un grave problema descuidado por décadas y un activo a ser capitalizado el wahabismo de Daesh: o sea la versión fundamentalista del islam del siglo XVIII, rupestre en extremo, que impone la sharia, relega a las mujeres, plantea la vuelta a una presunta pureza del islam primitivo y ve en los musulmanes chiitas y sufíes gente que debe ser exterminada junto a cristianos y judíos.

En el mismo orden inciden otras circunstancias fuera de las cárceles: la carencia de una historia reivindicatoria, identitaria y no oficial de las minorías inmigrantes deja abierta la puerta a las historias supersticiosas generadas por los yihadistas vía internet, con cobertura transclasista y pluriétnica; a fin de cuentas: “Estados Unidos, los europeos y sus aliados regionales… crearon las condiciones para el surgimiento de ISIS” (Cockburg) y continúan haciéndolo hoy al lado de Francia —legítimamente ofendida y dolida—, Rusia y los aliados que puedan venir.

Cockburg decía en 2014 que si los combatientes de Daesh empezaban “a ser asesinados por los ataques aéreos estadounidenses, no [pasaría] mucho tiempo antes de que una organización famosa por su crueldad a la hora de buscar venganza [enviara] a sus hombres bomba para destruir blancos estadounidenses [y que] la probabilidad de que [hubiera] un éxito militar de los Estados Unidos [era] remota.” Todo ello, excepto la victoria militar estadounidense que se ve lejana, ya aconteció; en Paris el 13 de noviembre del 2015 fueron asesinados franceses y no franceses y las fronteras fueron cerradas a los inmigrantes por llegar. Éstos, los ya adentrados y los franceses, sean culpables o no, sufrirán las consecuencias de la irracionalidad como producto patrimonial de toda superstición religiosa, para el caso en cuestión musulmana, por un lado, y judeocristiana, por el otro.

(Además de las fuentes citadas, para abundar en lo aquí contado pueden consultarse Jean-Luc Einaudi, La bataille de Paris: 17 octobre 1961 [París: Seuil, 1991]; Jean-Marc Stévé, La crise des banlieues [París: Presses Universitaires de France, 1999] y tres obras de Gilles Kepel: Les banlieues de l’Islam: Naissance d’une religion en France [París: Seuil, 1991], Banlieue de la République: Société, politique et religion à Clichy-sous-Bois et Montfermeil [París: Gallimard, 2012] y Quatre-vingt-treize [París: Gallimard, 2012].)

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