por Bernardo Ibarrola *

A Enrique Peña Nieto sólo le interesa la gente que vota por lo que le dicen en la tele; el 38.21 por ciento que lo llevó a la presidencia en 2012 y el 36.09 por ciento que le dio mayoría legislativa al PRI-PVEM en 2015. Gracias a estos votos, ejerce el poder. Y lo ejerce para que los que se enriquecen y medran sigan haciéndolo y lo hagan aún más; una parte de esa expoliación se queda entre sus manos y las manos de sus asociados.

Lo demás es lo de menos. Los instrumentos del estado, los modelos económicos, los programas de gobierno; todo está al servicio de ese simple mecanismo. A los que se oponen, sencillamente los ignora. No habla con ellos; ya no habla con nadie. Monologa en sets de televisión; dice delante de las cámaras lo que lee en el teleprompter o las líneas que memorizó trabajosamente, pues todavía no se inventan apuntadores de oído lo suficientemente discretos para pasar totalmente inadvertidos. Es un mal actor de televisión interpretando el papel del presidente que los telespectadores necesitan para volver a votar en el sentido correcto en 2018.

Nada más. No gobierna él, ni sus asesores ni sus secretarios; en realidad, nadie gobierna. El presidente Peña pasa la mayor parte de su tiempo obedeciendo las indicaciones de los productores de televisión en el estudio de grabación, para transmitir no su propio mensaje político sino el mensaje que los especialistas en publicidad y comunicación política, que piensan en su lugar, creen que debe transmitir a fin de mantener su base de televotantes.

Lo importante es esa imagen. Demacrado, sí; pero impecable. El traje y la camisa y la corbata. Y el peinado, por supuesto. Muy serio, muy jefe de estado, hablando como si fuera igual al gringo ese que sale todo el tiempo en la tele y que debe de ser muy importante; con fondo en mármol verde, prácticamente igual al de la asamblea general de la ONU. ¿Dónde lo critican? ¿En los periódicos? México ocupó el lugar 107 de la lista de 108 de la UNESCO sobre índice de lectura. ¿En las redes sociales? El 55 por ciento de los hogares mexicanos no tienen conexión a internet debido a que no “cuentan con recursos económicos” para ello.

Lo importante es la televisión. Aristegui Noticias puede poner de cabeza a las redes sociales con el reportaje sobre el plagio de la tesis del presidente, pero en la tele no se ve nada, salvo algún gracioso reduciendo el hecho —que ha provocado la renuncia de ministros y aun de jefes de estado en otros países— a una imagen de La escuelita VIP, ese programa donde salen tantos comediantes. El sitio de Carmen Aristegui hace accesible tanto la tesis completa como el cotejo, página por página, de los textos plagiados, cuartillas y cuartillas copiadas descaradamente; la universidad que le dio el título reconoce “reproducciones textuales de fragmentos [de obras publicadas] sin cita a pie de página ni el apartado de la bibliografía”, es decir, llanamente, plagio; algunos plagiados responden digna, airadamente; los académicos se organizan para firmar cartas de repudio; se arman debates sobre sesudos problemas de cultura política… y no pasa nada.

El presidente, una semana después, responde desde su set de televisión. Llega la pregunta —proveniente de “redes sociales”, no formulada en vivo, no vaya a ser que en el casting de jóvenes de menos de 35 años [sic] se haya colado algún chairo— y el presidente se arranca. Lo tiene ensayadito, nada de improvisaciones, que nunca se le han dado. Primero, una introducción sobre el escrutinio al que está sujeto el presidente; luego la lista de las escuelas donde estudió (“no se te olvide decir que parte de la primaria la hiciste en una escuela pública”). Para no olvidarse, va pasándose con la mano izquierda los dedos de la derecha; pero aun así se brinca la secundaria y se equivoca en la maestría que estudió (“administración pública” en lugar de “administración de empresas”). Llega al meollo, la cámara pasa de medio cuerpo a panorámica, para que se aprecien menos sus gestos faciales, y declara:

Yo hice mi tesis, recuerdo cómo la realicé entonces, por cierto no había computadoras como ahora, había que hacerlas en máquinas de escribir, había que escribirlas a mano, pasarlas a la máquina de escribir, pero tengo muy presente los estudios que realicé, cómo investigué y lo que formulé en mi tesis. Nadie me puede decir que plagié mi tesis.
Que pude haber mal citado o no, bien citado, a alguno de los autores que consulté, es probable que sí; tendría que aceptar que es un error metodológico pero no con el ánimo, de ninguna manera, de haber querido hacer mías las ideas de alguien más. Pude haber cometido un error metodológico…

Y luego un argumento que comienza siendo de refuerzo y termina como reafirmación de uno de sus slogans: “¿Qué me enseñó esta tesis? Que a partir de cambios legales, a partir de reformas y modernización al marco legal, sí es posible consolidar y crear instituciones que sirvan a la sociedad mexicana […] Precisamente quizá, inspirado en lo que entonces investigué, es que [en] asumiendo la presidencia de la república tuve la firme decisión y convicción de impulsar cambios y transformaciones para el futuro de nuestro país. Muchas gracias ”. Aplausos.

Curiosamente, ninguna de las 17 conclusiones de la tesis de Enrique Peña Nieto tiene que ver con esta conclusión general que Enrique Peña Nieto tan claramente recuerda un cuarto de siglo después. Pero eso no importa. Eso lo verán personas que sepan leer, puedan conectarse a internet y hayan bajado su tesis. Los demás se habrán quedado con la autoridad del señor presidente, con su “Nadie me puede decir que plagié” (aunque todos se lo hayan dicho y haya quedado demostrado) y con la voluntad de reformar instituciones, que tenía desde que era estudiante.

Brillantes los publicistas; brillantes los operadores políticos que, a raíz del escándalo de la Casa Blanca, dejaron a Aristegui y su equipo no ya fuera de la televisión, sino de la radio. El gobierno controla las señales abiertas y apuesta a que con ello seguirá controlando al electorado y ganando elecciones. Y que vociferen todo lo que quieran los que no están de acuerdo. Al fin que sin medios, nadie los oye: el YoSoy132 no impidió la victoria de Peña Nieto en 2012; la movilización social provocada por la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa, no impidió la victoria del PRI-PVEM de 2015.

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