Racismo mestizo

por Luis Fernando Granados *

Esta tarde, a partir de las 19 horas, Olivia Gall, Javier Tello y Carlos López Beltrán presentarán el nuevo libro de Federico Navarrete: México racista: Una denuncia (México: Grijalbo, 2016). La cosa ocurrirá en el Museo de la Ciudad de México, un espacio inmejorable dado que, desde el mes pasado y hasta septiembre, se presenta ahí Imágenes para ver-te: Una exhibición del racismo en México, una ambiciosa exposición que trata del mismo asunto curada por César Carrillo Trueba, “coordinada” por Natalia Gabayet y Delphine Kachadourian y dispuesta por Salvador Quiroz. Se trata de una feliz coincidencia, pues hasta donde puede saberse Federico Navarrete no participó en el montaje de la muestra —aunque debe estar de acuerdo con lo que ahí se propone.

Libro y exposición se ocupan de un asunto central de nuestra vida pública que no obstante —por razones que ambas intentan explicar— ha sido extrañamente marginado de los debates contemporáneos sobre la crisis estructural en la que se encuentra México: el carácter y la amplitud del racismo en un país donde se supone que todas somos de “raza” impura, o sea mezclada, o sea mestiza. Aunque más bien: tanto el libro de Navarrete como la exposición de Carrillo-Gabayet-Kachadourian-Quiroz afirman que la causa de la “invisibilidad” pública de nuestro racismo es precisamente el mito del mestizaje, la tesis —repetida hasta el cansancio— de que las mexicanas somos el resultado de la unión forzada entre la “raza” española y la “raza” indígena. (Con su conocida precisión analítica, Octavio Paz lo había dicho ya en El laberinto de la soledad: las mexicanas somos todas hijas de la Chingada.) Si nuestro racismo es hipócrita y casi nunca se manifiesta de manera contundente, en otras palabras, es porque la ideología mestizaje nos ha dado la oportunidad de fingir una gran tolerancia ante los fenotipos y las culturas que no parecen occidentales y cristianas… siempre y cuando, por supuesto, los fenotipos y las culturas que no parecen occidentales y cristianas se contenten con existir en los márgenes.

De entrada, por lo tanto, hay que celebrar tanto la existencia de Imágenes para ver-te como la aparición de México racista. Llamar a las cosas por su nombre no sólo es un plausible acto de higiene intelectual; es también necesario en un tiempo como en el que vivimos, en el que el disimulo discursivo ha llegado a grados superlativos. Lo es todavía más porque, en efecto, nuestro racismo ha hecho siempre como que no existe, que es apenas un rasgo menor de nuestra humorosa idiosincracia, que no tiene comparación con el racismo “de verdad” de las estadounidenses o las sudafricanas o las francesas blancas. Más que meramente hipócrita, sin embargo, nuestro racismo es a la vez pernicioso y funesto, puesto que —como escribe Navarrete en el mejor momento de México racista— el racismo “naturaliza la desigualdad social” [93] y así “constituye la superficie visible, la piel colorida de la injusticia y la discriminación en México” [94].

Celebremos un poco más: mientras que muchas de las piezas en la exposición del Museo de la Ciudad de México —en particular los trabajos de César Rangel, Mauricio Gómez Morín y Margot Sputo— contienen una reflexión visual sobre el modo en que solemos hermanar el fenotipo con la pobreza, la marginación y los atavismos “culturales”, el libro de Navarrete es un alegato fuerte y claro, un panfleto en el mejor sentido del término que confronta y propone, que busca ir más allá del estudio de un fenómeno y se asume claramente como discurso político. Que lo haya escrito además un profesor universitario, especialista en las historias de los pueblos prehispánicos del altiplano central, no es poca cosa: sugiere que la academia no está del todo podrida, que todavía es posible practicar nuestro trabajo como un hecho político y no como simple ejercicio de erudición.

Subrayar el vínculo entre racismo y desigualdad e injusticia, no obstante, es una decisión tan certera como problemática. Por una parte —en el haber—, permite destruir las excusas que solemos emplear para justificar nuestro racismo y, sobre todo, ubica el problema en su debido lugar, que es la esfera pública. La agresión colectiva y permanente que ejercemos contra algunos rasgos fenotípicos requiere ser entendida como un problema de la estructura social en su conjunto, no como una ocurrencia cultural o una simple elección estética (como si además alguna lo fuera). Al mismo tiempo, empero —en el debe—, entender el racismo como una función (legitimadora) de la desigualdad y la injustica conlleva un peligro tanto político como analítico, toda vez que parece entenderlo como una forma de enmascaramiento discursivo, como una mentira sin peso específico propio. A lo mejor es nada más que Navarrete no desarrolla la manera en que opera el ocultamiento de la desigualdad en el racismo; a lo mejor es que no explica con detalle cómo se produce la naturalización de la injusticia y la desigualdad. Esto es: aunque afirma que tal naturalización tiene lugar, ofrece como evidencia sólo el resultado del proceso —el gesto racista—, sin detallar los pasos, las instancias, por medio de los cuales se “explica” la desigualdad y la injusticia como un hecho natural, o sea biológico.

En la práctica y en el discurso, empero, cualquier fenómeno de esta clase —el racismo y el sexismo, la homofobia y el nacionalismo— no puede sino producirse a trompicones, por medio de aproximaciones sucesivas que van imponiendo un significado espurio y simplista sobre la realidad que pretende explicar. El proceso de naturalización deja siempre grietas, indicios, que permiten —como dirían los (hoy) clásicos— su deconstrucción. Todavía más significativo es que, como se trata efectivamente de una transformación paulatina y colectiva, la naturalización no puede sino incorporar algunos hechos y aspectos de esa realidad que pervierte —aunque por supuesto los descontextualiza y, quizá sobre todo, los reorganiza para que digan lo contrario de lo que quieren decir. Dicho de otro modo, que la asociación entre fenotipo y pobreza, como entre fenotipo y explotación, tergiversa antes que inventar el vínculo entre ambos fenómenos. Pero como esa asociación se hace siempre de manera provisional y a partir de ciertas condiciones, es obvio que no puede realizarse con entera libertad. Por eso se hace indispensable comprender aquello a lo que apela la naturalización, desentrañar los orígenes “reales” de la mentira.

El problema es que no hay modo de advertir de manera “objetiva” la estructura racial mexicana. Y no hay modo, por supuesto, porque sería como tomarse en serio la existencia del Cielo y el Infierno. ¿Cómo hablar de algo que no existe en sí mismo pero no obstante tiene efectos contundentes sobre la vida de las personas? En la exposición del Museo de la Ciudad de México, la paradoja se enuncia en un par de cédulas en la primera sala, donde se historia el concepto raza a partir del siglo XIX, pero términos generales no se desarrolla. En el libro de Navarrete, mientras tanto, hay una elaboración bastante más sofisticada —muy pronto [44-45] advierte que la inexistencia de razas no ha impedido la realidad del racismo—, aunque de tanto en tanto cae en la tentación de convertir en dato (sociológico, más aún) lo que no es ni puede ser más que una apreciación subjetiva y contextual. Dicho de otro modo, a veces parece confiar más en análisis cuantitativos como el de Andrés Villarreal que en trabajos más sutiles, de carácter más bien antropológico, como el de Mónica G. Moreno Figueroa.

Vale la pena destacar el trabajo de Moreno Figueroa porque ahí puede encontrarse un aviso de los límites de México racista. Navarrete cita un pasaje de un artículo de título por demás revelador —”Distributed intensities: Whiteness, mestizaje and the logics of Mexican racism”, Ethnicities, 10:3 (2010), 387-401— cuando se refiere a la “inseguridad de los mestizos”, pero no parece haberlo empleado cuando explica que, como en casi todos los racismos, la blancura es el rasero con el que se miden, o se jerarquizan, los “colores” mexicanos. Es una pena, porque el artículo de Figueroa le hubiera permitido ser más cauto a la hora de emplear morenosblancos, que en el texto tienden a aparecer como términos descriptivos y no como las armas retóricas que en realidad son. En cambio, Moreno Figueroa muestra la fragilidad de la blancura mexicana y, sobre todo, su carácter “aspiracional”. Esto es, que —en México como buena parte de América Latina— ser blanco no es un hecho dado sino una aspiración y un reflejo de cierto estatus socioeconómico. Por ello no puede decirse que alguien sea “moreno”, “blanco”, “negro” o “amarillo” —todas nada más estamos.

La fluidez, imprecisión e inestabilidad de la blancura, que supone que también la morenidad o como sea que haya que llamar al concepto opuesto es inestable, imprecisa y fluida, es sin duda uno de los rasgos más singulares del sistema de “colores” en el que vivimos, en especial en contraste con la rígida claridad que caracteriza a otros arreglos como el estadounidense. Que todas reamos (aparezcamos) más o menos morenas y queramos ser más o menos blancas, y que al mismo tiempo nos sintamos más blancas que las personas a quienes menospreciamos, es por supuesto el corazón del racismo que denuncia Navarrete. Lo que parece no advertir es esa inestabilidad, esa condición contingente, no debería ser posible si la raza de bronce, la mestiza arquetípica, fuera una raza de verdad; es decir, como las otras. Pero no lo es. Mientras que casi todas las razas se imaginaron “puras” y consiguieron segmentar a las sociedades y los grupos sociales en compartimentos estancos —así desaparecieron los mulatos del sistema racial estadounidense, por ejemplo—, la “mestiza” es quizá la única raza que práctica y discursivamente se asumió como “impura” (lo cual es por supuesto ilógico), generando así incertidumbres, ridiculeces y absurdos, pero también fisuras de libertad, desconocidos en otras taxonomías. Ésa es la paradoja que se le escapa a Navarreta y también al equipo responsable de Imágenes para ver-te.

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