por Luis Fernando Granados *

Escribe Victor Hugo al final del capítulo nueve de la primera parte del segundo volumen de su novela emblemática: “Waterloo n’est point une bataille ; c’est le changement de front de l’univers.” Como toda palabra-mundo, Waterloo es en efecto gozne de biombo y desenlace de tragedia, faro que anuncia un continente, crisol en el instante en que se funden los metales de una época, pivote sobre el que se apoya el cosmos para hacer sus cabriolas. Es lápida y es umbral. Sería vórtice si sus letras no estuvieran hechas con los cadáveres de 40 mil personas.

Las hojas del biombo, por supuesto, son esos espejismos (analíticos) que llamamos siglo XVIII y siglo XIX. El drama que ahí culmina es un imperio de pacotilla, hijo parricida de la gran revolución, tullido de nacimiento a causa de los antiguos esclavos de Saint-Domingue, humillado por los colonos-soldados del general Invierno, que no obstante representó el último gran episodio de hegemonía francesa en la historia europea. El continente, claro, es ese amasijo de gestos y acciones, palabras y otras pesadillas, que en apenas medio siglo demolió la certeza de que la desigualdad es justa y necesaria —país variopinto que se construyó en los barrios de Quito tanto como en los salones de Boston y en las plantaciones del Caribe tanto como en las calles de París.

Como instante de condensación epocal, en fin, Waterloo funde y reconcilia las múltiples paradojas y contradicciones de una condición que sigue siendo la nuestra: un emperador plebeyo al mando de adolescentes reclutados sólo por el hecho de ser franceses; un aristócrata arrogante y desdeñoso de sus tropas que ordena él mismo, cual si fuera un teniente del montón, el contraataque que termina de acabar con la grande armée; un ejército vencido apenas el día anterior que irrumpe (tarde) en el combate y así transforma la humillación en victoria; esos viejos exiliados alemanes que con su sacrificio hacen triunfar a las fuerzas de la reacción, esos cuadros de infantería anglo-holandesa que resisten bien las cargas de la caballería pesada pero son blanco fácil de la artillería napoleónica, y aun el puñado de soldados polacos, al mando de un tal Golaszewski, que una década atrás habían sido derrotados por las tropas de Jean-Jacques Dessalines al otro lado del mundo. La breve y más bien ridícula polémica sobre el derecho de Bélgica a imprimir una moneda conmemorativa de la batalla —que el gobierno francés intentó impedir hace unos días— puede verse como indicio de esta contemporaneidad.

Elizabeth Thompson, Scotland Forever! (1881). Leeds Art Gallery.
Elizabeth Thompson, Scotland Forever! (1881). Leeds Art Gallery.

Y no obstante, Waterloo también es distancia y extrañamiento, lejanía que permite pensarlo como no pudo pensarse el 18 de junio, 1815: son las ruinas que el caminante descubre en Les Misérables y la frustración de Wellington al advertir que el monumento que celebra “su” victoria había cambiado el aspecto de las lomas donde efectivamente ocurrió; es el melodramático cuadro de Elizabeth Thompson (1881) y las balas que los arados seguían haciendo aparecer en los años setenta del siglo XX; es el modo en que decimos “Waterloo” para decir derrota y el tercer capítulo de ese libro magnífico que es The Face of Battle, de John Keegan (1976). Nada de ello existiría si Waterloo no fuera también un mundo opaco, inaccesible; si para evocarlo no fuera necesario detenerse ante las ruinas, leer mapas, relatos antiguos y partes de guerra, e imaginar lo que pudo haber sucedido, lo que pudieron haber sentido los coraceros y húsares, los muertos y los heridos.

La importancia y contemporaneidad de la historia debería no distraernos de esta otra dimensión del pasado. Ni siquiera las revoluciones cósmicas —las grandes y las cotidianas— pueden apreciarse sin que medie una cierta abstracción, una distancia que imponga o descubra una perspectiva. Y, por lo demás, de lo que estamos hablando es de la vida de 40 mil personas —vidas que no caben en los tres francos que pedían los guías turísticos a mediados del siglo XIX para contar la más grande derrota del pequeño cabo corso, vidas que no pueden caber ni siquiera en el mejor libro de historia.

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