por Halina Gutiérrez Mariscal  y Luis Fernando Granados *

Desde el primero de diciembre de 1994 México no presenciaba a un priísta recibir la banda presidencial (aunque esta vez, con la restricción a medios y periodistas, no puede llamársele presenciar en el sentido estricto del término). Cuando, en el año 2000 la gente salió a las calles a festejar el triunfo de Vicente Fox, pero sobre todo la derrota del PRI, poco nos imaginamos los ciudadanos que sólo dos sexenios después habríamos de tener instalado en Los Pinos a aquel partido; de nuevo y con todo lo que su regreso representa.

Último relevo priista. (Foto: Proceso.)
Último relevo priista. (Foto: Proceso.)

Las muy desastrosas y hasta penosas administraciones panistas consiguieron lo que parecía imposible: el regreso del PRI a la presidencia de la república. Aún deberemos esperar para saber si este “nuevo” PRI desplegará lo que sabe sobre el ejercicio del poder —saber acumulado en 70 años de monopolio del ejecutivo—, o si en efecto se trata de un PRI nuevo, que llega al poder con todas las deficiencias características de la impericia, la ignorancia y la vulgaridad de quien espera usar el poder a discreción y quien, con el uso de la fuerza por delante, no ha dejado de violar derechos constitucionales y sobre todo no ha dejado de atropellar a la ciudadanía.

Protegido por un inmenso y absurdo cerco metálico, levantado con una semana de anticipación en torno del recinto en donde recibirá la banda presidencial, Enrique Peña Nieto parece tener, más que miedo, la convicción de que actuará ante cualquier suceso que parezca atentar contra su autoridad y su gobierno como lo hizo hace seis años en San Salvador Atenco: con fuerza desmedida e irracional, con el cinismo que da la impunidad.

Rompiendo con los modos y recorridos que en otros tiempos siguieron otros presidentes electos, cuando —rodeados de su gente y de la gente (acarreados, sin duda, pero gente al fin y al cabo)— hacían del traspaso de poder casi una liturgia pública, legitimadora, de unción, Peña Nieto se atrinchera, se esconde de los medios, cerca el Congreso y se niega a escuchar y mirar a una ciudadanía que, para bien y para mal, representa a partir de ahora. Aquellos “baños de pueblo” que los antiguos presidentes se daban en tan memorables ocasiones —aunque fuera para la foto— han quedado desplazados por una distancia impuesta, militar; una distancia arrogante.

Así, aun antes de serlo, el nuevo presidente de la república parece haber marcado una distancia con el viejo PRI y aquellos gestos simbólicos en los que sustentaba su discurso social. Se trata de una distancia tanto de fondo como de forma, y por ello nueva y ominosa. Sobre todo ominosa.

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