por Fernando Pérez Montesinos *

Según cambie el público, Pemex es presentada como una cosa oxidada que requiere del favor de privados para prosperar (e incluso sobrevivir) o como una empresa robusta y ejemplar con un extraordinario porvenir. La versión es distinta de acuerdo a si la campaña del gobierno federal para promover la reforma energética se dirige a grandes inversionistas (los más en el extranjero) o a joviales, pero rasos ciudadanos en su mayoría faltos de capital. En ambos casos, sin embargo, la campaña ofrece un futuro prometedor. Por un lado, la posibilidad de hacer buen dinero con un recurso que durante décadas ha estado prohibido para los grandes capitales del mundo. Por el otro, un paisaje de niños sonrientes, cielos azulísimos, pastos verdes, aerogeneradores gigantes y paneles solares; un país con empleo, alimentos más baratos, mejores programas sociales, más escuelas y bienestar material.

Tal promesa de un futuro inmaculado, sin embargo, descansa en la invención de un pasado despojado de conflictos. La propaganda federal nos ofrece recuperar “lo mejor de nuestro pasado para conquistar el futuro”. En realidad, lo que nos brinda es una narrativa exorcizada de demonios compuesta por piezas sueltas sustraídas de todo contexto. La historia del petróleo y su industria, por supuesto, no se ajusta a esa narrativa. Desde que en la segunda mitad del siglo XIX se comenzó a explotar de forma comercial en Pennsylvania y luego en Ohio, Estados Unidos, el petróleo ha sido objeto de muchas y, con frecuencia, muy amargas disputas alrededor del mundo. La creación de la industria petrolera en México no fue la excepción.

Los inicios de esa industria y sus conflictos han sido objeto de numerosas investigaciones. El libro de Myrna I. Santiago, The Ecology of Oil: Environment, Labor, and the Mexican Revolution, 1900-1938 (Cambridge: Cambridge University Press, 2006) es uno de los más interesantes e importantes que se han publicado sobre el tema en tiempos recientes. La extracción comercial de petróleo en México comenzó en la conocida región de la Huasteca a principios del siglo XX. A decir de Santiago, las compañías petroleras estadounidenses y británicas tardaron poco menos de cuatro décadas en cambiar lo que a la naturaleza le había llevado millones de años crear y lo que a los indígenas de la región les había llevado cientos de años desarrollar y dominar (101). Los patrones de tenencia y uso de la tierra cambiaron drásticamente y también lo hicieron la composición demográfica y estructura social de las zonas petroleras de la Huasteca. Estos cambios resultaron en el desplazamiento de la población indígena, la alteración radical del medioambiente, la creación de una nueva economía y la formación de un nuevo tipo de relaciones sociales y de clase (4).

Standard Oil Octopus, Udo Keppler, 1904. Vigencia inaudita.
Standard Oil Octopus, Udo Keppler, 1904. Vigencia inaudita.

Las compañías petroleras, explica Santiago, se beneficiaron de algunos cambios ocurridos previamente, en especial en el último cuarto del siglo XIX. Durante décadas, indígenas y hacendados se disputaron el control sobre la tenencia y uso de la tierra en la Huasteca. Los conflictos solían escalar y tornarse violentos. Sin embargo, no fue sino hasta 1874 (cuando surgió una nueva forma de tenencia de la tierra llamada condueñazgo) que la posesión comunal indígena comenzó a perder la batalla. Para 1900, muchos condueñazgos habían sido poco a poco desmantelados y el balance de fuerzas en la región se inclinó a favor de los hacendados. Paralelamente, en 1901, el gobierno de Porfirio Díaz emitió la primera ley petrolera de México. La ley permitió la exploración de petróleo en tierras baldías y la explotación en tierras costeras y ríos. Una segunda ley de 1909 otorgó  a los dueños de tierras la propiedad exclusiva del petróleo, revirtiendo así el principio establecido en la época novohispana según el cual la propiedad de los productos del subsuelo correspondía a la corona (principio que hasta entonces no había sido alterado por ningún otro gobierno después de la independencia).

Los dueños de las empresas petroleras y sus agentes comenzaron entonces a adquirir y rentar grandes extensiones de tierra. Santiago analiza con detalle este proceso. Muchos hacendados de la región encontraron las nuevas condiciones ampliamente favorables. También lo hicieron un número importante de pequeños propietarios, incluyendo algunos de los antiguos comuneros y condueños indígenas. El dinero del petróleo era lo suficientemente vasto para comprar las voluntades del resto. Hubo, sin embargo, muchos que se opusieron a vender o rentar sus tierras a las compañías petroleras. Las compañías respondieron con una intensa campaña de intimidación y extorsión e incluso hicieron uso de la violencia y el asesinato selectivos. Ya desmantelada la tenencia comunal y quebrantada la fuerza que durante todo el siglo XIX habían mostrado, los indígenas de la región fueron en su mayoría marginados.

La revolución mexicana, argumenta Santiago, no cambió el balance de poder establecido por las compañías petroleras ni afectó la producción de petróleo. Manuel Peláez Gorrochótegui, miembro de una familia terrateniente de la Huasteca, se encargó lo mismo de proteger los intereses de los hacendados que el de las compañías petroleras. Aunque tensa, la relación entre unos y otras nunca dejó de ser simbiótica. Los hacendados siguieron recibiendo dinero del petróleo y la producción petrolera no sólo no se detuvo, sino que siguió en ascenso durante los años de guerra. La constitución de 1917, que otorgó la propiedad del subsuelo y sus productos a la nación, abrió un nuevo frente de disputa, esta vez, entre el gobierno mexicano, las compañías petroleras y, principalmente, el gobierno de Estados Unidos. La disputa, como se sabe, culminaría con el decreto de expropiación de 1938.

Sin embargo, Santiago subraya, ese decreto no fue el producto de la sola voluntad de Lázaro Cárdenas. Si bien la decisión última correspondió al presidente, la expropiación fue resultado de una coyuntura sin precedentes que había sido en buena medida provocada por la movilización y resistencia de los trabajadores petroleros. La expansión de la industria del petróleo transformó de manera drástica la estructura social de las zonas petrolíferas de la Huasteca. La sociedad creada por las compañías petroleras era marcadamente desigual. La vida en los campos de petróleo se experimentaba de dos maneras muy distintas según la clase, la nacionalidad y el color de piel. Una minoría a cargo de la administración y conducción técnica de la industria disfrutaba de salarios, viviendas y servicios de salud de los que una mayoría de trabajadores petroleros estaban excluidos.

Esa división, irónicamente, dio lugar a una de las formas de organización y militancia obrera más extraordinarias y combativas de todo el país. El fin de la industria petrolera extranjera y de la sociedad que había nacido a imagen de sus dueños y promotores, concluye Santiago, también se le debe a las primeras generaciones de trabajadores petroleros que año tras año buscaron para ellos y sus familias mejores condiciones de vida y formas de trabajo y producción más justas.

Visto desde esta perspectiva, una que devuelve a la historia sus conflictos y demonios, el eslogan del gobierno federal parece al final llevar algo de razón. Hay, en efecto, que recuperar lo mejor de nuestro pasado para conquistar el futuro —y no rendir nuestro presente.

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