De los falsarios en historia

por Pedro Salmerón Sanginés *

No nos ocuparemos sino de los historiadores de buena fe; es decir, de aquellos que creen que lo que afirman es verdadero; ya que los otros, los que alteran los documentos o los publican incompletos, mencionando solo la parte que les sirve para sostener su tesis, o aparentan ignorar la existencia de documentos contrarios, no podemos decir que se equivocan, sino que mienten, y es claro entonces que no son historiadores sino falsarios: Alfonso Caso, “Notas acerca de la verdad histórica”.

Función elemental de la historia es sanar el pasado, lo que es imposible sin un esfuerzo de comprensión, absteniéndose de juzgar desde los criterios del presente, leyendo el pasado en pasado. En otros textos he hablado de tres errores elementales que nos vedan la comprensión. Si somos capaces de eludirlos, podremos también acercarnos a la comprensión. De ahí que  —por ejemplo— pocos historiadores profesionales caigamos en la dicotomía hispanismo-indigenismo, buscando la aceptación y comprensión de nuestras dos raíces principales, más allá de la condena de la presunta barbarie de unos u otros (barbarie, claro, juzgada desde el presente).

Del mismo modo, si hacemos un esfuerzo de comprensión de la realidad y de las ideas del momento, salen a la luz las mejores facetas de numerosos actores públicos, que en muy difíciles circunstancias y con casi todo en contra, lograron legarnos un país que a muchos nos llena de orgullo. La grandeza de Hidalgo y Morelos como hombres entregados a una idea que fueron construyendo; la de la generación liberal que consolidó la soberanía contra viento y marea, nos traen a la memoria las palabras de José Martí:

Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.

Y hay que añadir que comprender y admirar a Juárez, a Ocampo, a Zarco, a Ramírez, a Arriaga y a Zaragoza, a los miles y miles de chinacos que se batieron contra el invasor extranjero, no nos lleva ni debe llevarnos a tachar de traidores a quienes no lo fueron, no debe eximirnos de admirar la inteligencia de Alamán, la integridad de Miramón o la generosidad de Maximiliano.

De ese modo, cuando inicié la campaña contra los falsificadores de nuestra historia, que ahora trasciende a los historiadores del odio, no discutí sus posiciones: numerosos historiadores honestos han buscado la comprensión (incluso el rescate “revisionista”) de personajes como Iturbide, Alamán, Miramón, Maximiliano o Díaz (y hasta de algunos que resultan muy difícilmente rescatables, como Lorenzo de Zavala o Victoriano Huerta).

La discusión sobre interpretaciones bien fundamentadas que difieren de la nuestra se hace en otro tono y en otro lugar, y no han sido pocas las veces en que así ha ocurrido, con el resultado, casi siempre, del mutuo enriquecimiento y del enriquecimiento, también, de nuestra conciencia histórica. No, lo que reprocho a los falsificadores es la manera en que mienten y el uso de la mentira con fines de lucro o políticos. Porque no es lo mismo interpretar que calumniar y difamar.

Y pregunto, una vez más: ¿cómo hacer para que se entienda que no es lo mismo tener distintas opiniones o interpretaciones que calumniar y difamar? Cuando alguien en política o derecho difama y calumnia, es loable que se le ponga en evidencia, ¿por qué no en historia?

Alfonso Caso

Alfonso Caso

Y más allá de los falsificadores, como hemos señalado, está esa historia promotora del odio. ¿Por qué no denunciar su ausencia de fundamento, en aras de un mal concebido concepto de “hermenéutica”? Quizá siga siendo un retrógrado, pero todos los grandes teóricos de la historia que fueron historiadores, incluso los de la escuela relativista, hablan de verdades en historia, y de mentiras. Y como dice don Alfonso Caso, el que basa sus tesis en mentiras no se llama historiador, sino falsario.

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