Enseñanza

Educación sin educación

[Las dinámicas educativas se transformaron con la implementación del confinamiento masivo de la población para evitar contagios de Covid-19. Las escuelas de todos los niveles fueron las primeras instituciones en detener sus interacciones cara a cara debido a la enorme cantidad de personas que circulan en ellas. Las escuelas públicas en México cuentan con una cantidad de alumnos muy grande y espacios reducidos, en especial en las áreas urbanas. Esto es norma en todos los niveles educativos. La UNAM es un buen ejemplo de ello: es una universidad de masas en la que en ocasiones los y las alumnas deben disputarse las sillas. En 2018 se detectaron casos de parotiditis o paperas en las facultades de Química, Ciencias y Filosofía y Letras, cuyo contagio fue en apenas unas semanas. Arriesgar a miles de jóvenes a contraer un virus que podría ser mortal era impensable; sin embargo, continuar con el semestre fue una tarea a la que las autoridades universitarias no quisieron renunciar. Así, las comunidades escolares de distintos niveles educativos han sido obligadas a aprender nuevas formas de comunicación para tratar de continuar con los procesos formativos. Esto no ha sido un proceso sencillo: desde la brecha de acceso a la tecnología hasta el uso de herramientas de comunicación o evaluación han sido obstáculos a vencer, aunado a la falta de interés de algunos profesores por continuar clases en este formato. A continuación, tres alumnos de la licenciatura de ciencias políticas y administración pública de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán nos ofrecen testimonios de su experiencia con las clases en línea. Los testimonios fueron reunidos por Gabriela González Ortuño.]

  1. José Fernando Carrasco

Varias veces hemos escuchado que en el futuro las clases serán en línea y que se impartirán materias que tengan que ver con el emprendimiento, la proactividad y que embonen perfectamente con esquemas de mercado que la gran mayoría —sino es que todas— las universidades privadas ya han instaurado. La pandemia actual forzó a que la educación se modificara y se diera prioridad por la educación en casa a través de un monitor. A decir verdad, no es lo que parece. Se entiende que este modelo podría mejorar la capacidad de aprendizaje, dado que se ahorra tiempo en traslados y brinda muchas comodidades que la escuela presencial no —un baño limpio, buena alimentación y menor estrés— pero en la práctica no fue así.

Si bien los tiempos de traslado y la mejor alimentación sí se presentan, de lo que no se habla es de la falta de capacitación de muchos profesores y profesoras para llevar las actividades académicas a través de medios electrónicos. En mi caso sólo dos de cinco profesoras cumplieron en tiempo y forma con el programa de estudios y a pesar de ello estimo que no hubo ni el acercamiento necesario ni la cantidad suficiente de conocimientos adquiridos. Los otros tres profesores nunca dieron una sola clase en línea y su forma de “enseñar” se basó en saturar a los alumnos de archivos pdf mal escaneados y actividades que nunca habían mencionado en el lapso que todavía había clases presenciales. Inclusive tuve profesores a los que costó trabajo hacer contacto y solicitaron muchas cosas de último momento.

Otra situación que también viví fue que tanto profesores como alumnos tuvimos problemas con el suministro de internet. Hubo un día en que no pude tomar una sola clase; otras veces la calidad del servicio impedía escuchar o ver bien la clase. Y eso que soy privilegiado por tener computadora e internet en casa. Recuerdo que durante las clases faltaban muchas compañeras y compañeros; otros más nunca accedieron a las clases virtuales.

Esta experiencia también tuvo dos caras. Hubo unos cuantos que se beneficiaron y otros salieron perjudicados porque los ambientes familiares fueron tensos –preocupaciones económicas, conflictos maritales, etcétera. Esto se reflejó en los memes que hicieron alusión a la madre neurótica, a los ruidos molestos del vecindario, la violencia intrafamiliar y el clasismo, que circularon en Facebook.

Para concluir, irónicamente el trabajo en equipo se fortaleció. Hubo una gran organización entre estudiantes a través de grupos paralelos a los oficiales en WhatsApp y Facebook para resolver los exámenes en tiempo real, a pesar del distanciamiento social. La educación a distancia debe cambiar las formas en cómo se evalúa para cumplir los objetivos del aprendizaje. Quizá se podría optar por algún modelo hibrido que combine la flexibilidad de la educación virtual con el rigor de la educación presencial. La educación virtual nunca podrá sustituir por completo a la educación presencial. Ningún médico puede experimentar todo con una computadora; ningún ingeniero o arquitecto podrá construir desde internet; ningún político puede hacerse de poder exclusivamente desde internet porque debe interactuar con las personas.

  1. Carlos Basilio García Martínez

A mitad del semestre, la epidemia provocada por el Sars-Cov-2 cambió la rutina en la que la mayoría se desarrollaba habitualmente. Uno de estos cambios se dio en el rubro de la educación, ya que los alumnos de todos los niveles educativos pasaron de tomar clases presenciales en el aula a tomar clases desde sus hogares. ¿Qué tan bueno resultó este cambio?

Pare ser justos, éste fue un cambio tanto para docentes y para alumnos, y esto se resintió en el aprendizaje que, en teoría, debimos asimilar. Ni todos los alumnos ni todos los profesores estábamos preparados para el cambio. Debido a esto los alumnos se encontraron en uno de tres escenarios que logré identificar.

El primero describe a aquella profesora que hizo hasta el ultimo esfuerzo para terminar el plan de estudios de la materia, que se comprometió con las clases en línea y dio retroalimentación de los trabajos realizados. Esto se refleja en el interés que los alumnos presentan a este tipo de profesores y a su materia. La mayoría de los integrantes del grupo cumplen con la mayoría de los trabajos y se esfuerzan por cumplir. El interés del profesor da como fruto el interés genuino del alumno.

El segundo caso presenta a un profesor que da clases solo por darlas, que deja evaluaciones constantes en donde la retroalimentación en poca o nula y que su interés se limita solo en cumplir con el programa, no ve mas allá y, para colmo, cada evaluación o tarea dejada presenta más dudas que soluciones para los alumnos. No todo el conocimiento tiene que venir por la parte del profesor; los alumnos son perfectamente capaces de buscar información necesaria para aclarar las dudas. Pero en materias del área físico-matemáticas, de la salud y las ciencias sociales sí hace falta una orientación por parte del docente, dada las complejidades de estas carreras. No es dejar evaluaciones por dejar, y mucho menos avanzar en los temarios de las materias cuando se presentan serias dudas al respecto. En mi opinión, éste fue el caso de la mayoría de las clases tomadas durante el confinamiento.

El tercer caso presenta el peor escenario, ya que al profesor simplemente no le es posible dar clases y se limita a mandar evaluaciones finales, no importando nada si el alumno aprende, copia o no entrega dichas evaluaciones. Este caso es particular ya que hay profesores que no cuentan con el dominio básico de los equipos de computo y de internet. Muchos de ellos son profesores de la tercera edad que, por más que intentan, simplemente no saben como dar clases, por lo que limitan las clases a presentar evaluaciones y asentar calificaciones. Por supuesto que hay otros que no tienen interés y sólo evaluaron con el material presentado hasta antes de iniciar el confinamiento.

Es aquí donde podemos explicar, en gran parte, el desinterés del alumno para tomar clases en línea. Aunque se haga un esfuerzo por aprender, existen varios factores de distracción que dificultan el aprendizaje, incluyendo las computadoras, los celulares y la internet, todos estos materiales indispensables para tomar clases. Otro factor que influye es el uso de las plataformas de streaming, como Zoom, Facebook Rooms y Skype, ya que muchas de ellas presentan fallas durante las sesiones e incluso no permite que uno que otro alumno entre a las sesiones, o que se tenga un tiempo limitado para usar dicha plataforma. Un último factor es el servicio de internet per se, ya que las compañías han brindado un servicio deficiente lo cual no permite que el alumno pueda participar a través de su micrófono para participar en las sesiones o que el audio de los participantes se escuche entrecortado y la imagen se congele en repetidas ocasiones.

Por último, no quiero dejar de mencionar que, aunque pocos, hay compañeros que no cuentan con servicio de internet en sus casas, no tienen un celular o una computadora o viven en otros estados, lo que les dificulta acceder a clases en línea. La UNAM, de manera unilateral, como ha venido haciendo durante la última década, tomó la decisión de continuar las clases sin considerar las repercusiones de su decisión en el desempeño académico de sus alumnos. Excluyó a algunos de terminar el semestre ya que, al no tener los medios, muchos de estos reprobarían sus materias y afectarían considerablemente su promedio y con ello, la oportunidad de acceder a becas, intercambios o titularse por promedio. Ahora, con la amenaza de que el siguiente semestre sea en su totalidad en línea, muchos están pensando en no inscribirse. Con lo dicho anteriormente, ¿puede usted culparlos?

  1. Martin Villa García

Hace tiempo que pisamos por última vez nuestros salones de clase, con la esperanza de regresar a nuestras escuelas en un mes y medio por mucho. Ahora han pasado cinco pesados y complicados meses, en los cuales como estudiantes nos dimos cuenta de que el regreso a clases de manera presencial era un mito. Los múltiples recuerdos o sentimientos que se despiertan al pensar en la escuela y sus nuevas modalidades son totalmente negativos. La cuestión es muy sencilla: el sistema educativo de nuestro país, junto con todos sus aparatos e instituciones no estaban preparados —no lo están, no lo estarán—  para enfrentar una crisis como la que vivimos ahora.

El sistema educativo virtual sólo termino por acentuar las diferencias entre aquellos que poseen, y no, los medios necesarios para la conectividad. Sin mencionar el hecho de la gran complejidad que involucra la apropiación del conocimiento por medio de estas vías electrónicas. Incluso las mayores casas de estudio sufrieron en lo inmediato la poca certeza del camino que significaba digitalizar las clases de docenas de miles de alumnos. La reorganización a distancia y la manera en que tanto las áreas administrativas como académicas trataron de continuar con los procesos educativos simplemente fracasaron.

No sería correcto basarnos en experiencias individuales porque tenemos que partir de una premisa: el sistema educativo mexicano también está en crisis, así como se encuentra en crisis la economía mexicana y el sector de salud pública. Pero eso no lo es todo. Si a esto le sumamos las distintas estrategias educativas fallidas, desarrolladas en los diversos niveles educativos, encontraremos que realmente no somos aptos para estudiar de manera autogestiva, organizar nuestros tiempos y continuar aprendiendo sin necesidad del apoyo de algún docente. Ante esta situación, como estudiantes nos atenemos por completo a la obligada presencia de la escuela en nuestras vidas para ser capaces, no de aprehender el conocimiento sino de aprender por aprender, sin encontrar algún uso de lo que constantemente se nos enseña.

El sistema fallido al que, en mi particular situación, hago referencia y pude notar, fue muy parecido al de muchos de mis compañeros mexicanos: desde la primaria hasta la licenciatura se basó únicamente en cargas de trabajo, sin reflexión, sin pensamiento, sin crítica o autocritica. Con esto no quiero decir que bajo el sistema presencial sí existieran esos elementos, pero la posibilidad de asistir a las aulas para una licenciatura como ciencias políticas o alguna ciencia biológica cambia totalmente la manera en la se transforma que nuestro aprovechamiento. Pareciera que no, pero en estos meses de escuela en línea, muchos vivimos una situación desgastante, incluso más desgastante que viajar en transporte colectivo a diario. ¿Por qué? Porque nuestros profesores (en su mayoría) tampoco están capacitados o preparados para la impartición de clases en un sistema en línea, y en un afán obligado se ven forzados a cumplir con aquello que marca el temario de su respectiva clase.

Nosotros, en el presente, nos hallamos con huecos impresionantes de información, incapaces de pensar o incluso de imaginar, temerosos ante el futuro y las posibilidades familiares o económicas. Nuestros profesores, igualmente estrangulados ante esta realidad, familiar y económicamente, sin poseer las herramientas para impartir sus clases o para llevar su didáctica hasta el punto necesario, se encuentran con una administración escolar amenazante que constantemente los obliga a cumplir con lo que marca un sistema que tampoco brinda opciones a aquellos que no las tienen.

Por la complejidad de esta situación, la solución a estos grandes problemas no puede basarse en un solo eje. Sin embargo, puede que la respuesta a la crisis educativa desencadenada por esta pandemia se encuentre más cerca de lo que pensamos. Es necesario comenzar a decidir hacia dónde van nuestros planes educativos y cuáles son sus objetivos. Por ejemplo, al menos dentro de las universidades públicas no podemos seguir pensando que la educación es como un gran mercado en el cual, al pagar por algo, se obtiene ese otro algo a cambio. La educación de nuestro país tiene que ser replanteada y debe marchar hacia una visión más popular, crítica y autogestiva para ofrecer una distinta visión e interpretación incluso de los problemas actuales. ¿Por qué? Porque el sistema educativo del capital está fracasando. Es cierto: el replanteamiento de la educación no ofrece solución al problema de quién posee los medios para adquirir educación. Pero puede ser que en un futuro, si esto vuelve a pasar, nos encontremos mejor preparados, como estudiantes y como maestros.

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