Historia contemporánea

Elegía para un maestro

Federico Anaya Gallardo

David Méndez Moreno murió el miércoles 29 de julio de 2020 en San Cristóbal de Las Casas. Me resisto a escribir Ciudad Las Casas, el nombre verdadero de la localidad desde los días de mi general Calles, porque lo haría sólo por ponerle una banderilla jacobina a David —actitud que seguro me ganaría uno más de los fraternales regaños que me propinaba. David murió católico comprometido y creyente, así que en ésta su añoranza invoco primero al muy falso San Cristóbal: una imagen transformada del viejo dios Atlas que llevaba en sus hombros el mundo antiguo de los helenos. Los católicos viejos quisieron que llevase mejor al niño divino de los mediterráneos. Los católicos modernos como David sabían que, en Chiapas, Jesús es imagen del pueblo pobre latinoamericano e indígena. ¡Pobre santo, que lleva tal peso a cuestas! David vivió y murió en servicio de ese pueblo. El último tercio de su vida lo vivió en Las Casas y fue un sancristobalense que bien ayudó al santo en su tarea. Pero su compromiso venía de atrás.

1982. Con poco más de treinta años, David coordinaba la Misión de Guadalupe, obra de los Hermanos Maristas en Comitán. En esos días llegaron los refugiados guatemaltecos. David abrió las puertas de la misión y organizó la solidaridad. Los rancheros del área inmediatamente acusaron a los maristas de dar refugio a guerrilleros. La noche del miércoles 17 de febrero, Migración allanó la misión. David, valiente, exigió parar y fue golpeado junto con aquellos a quienes había recibido. Las autoridades destrozaron y vejaron. Yo conocí a David en un reporte de estos hechos, que el anciano sacerdote que nos daba servicios religiosos a los preparatorianos del CUM en la ciudad de México sustituyó en lugar de la Lectura del día. Monseñor Aguilar no solía dar sermón; al abrir a debate lo reportado, la asamblea se dividió. Hubo quien reclamó el cambio de lectura y dijo que ese David bien se merecía lo ocurrido, por apoyar comunistas. Hubo otros que nomás se indignaron por la ofensa a la iglesia. Otros nos quedamos impresionados y meditabundos. Al año siguiente, David llegó a México a invitarnos a pasar un año como maestros-misioneros entre el pueblo tojolabal. Cuatro de mis amigos acudieron a ese llamado.

1983. Aunque no acudí a la misión, el azar me llevó a Comitán. Llegué rodeado de priistas que se entrenaban para ser jilgueros a un concurso de oratoria. El Azar (así, con mayúscula) quiso que a mitad de un paseo por los lagos de Montebello me cruzara con dos de mis amigos misioneros, quienes venían bajando de la Montaña Tojolabal. David se reía con sabiduría de la coincidencia y de la contradicción. En ese tiempo, las paredes de Comitán estaban llenas de pintas que decían “¡Andulio vive!”, recordando a un líder campesino indígena que acababa de ser asesinado por el finquero Edmundo Castellanos, hermano del gobernador. Por supuesto, en el concurso de oratoria nadie mencionó el asunto. Pero David y mis amigos acudieron al evento. Era un maestro marista serio: no abandonaba a sus estudiantes y menos cuando andaban en malos pasos. Luego me recibieron por una larga semana en la Misión. David enseñaba rudamente. Por ejemplo, que “tomar el trabajo en serio no quiere decir que nos tomemos nosotros en serio”. También, que la prudencia siempre debe imperar. Cuando uno de mis amigos mencionó que México necesitaba recuperar a sus héroes como habían hecho los sandinistas en Nicaragua, y que se necesitaba un Frente Zapatista de Liberación Nacional, David lo mandó callar. Años después debatiría con los neozapatistas en su región, comunidad por comunidad, oponiéndose a la guerra. Me impresionó la austeridad de sus habitaciones. David, severo, me aclaró que eran lujosas comparadas con las casas de la gente en la montaña. Años después lo corroboré.

1994. Rebelión del Año Nuevo. El centro de derechos humanos Fray Bartolomé de Las Casas —fundado por el obispo Samuel Ruiz apenas en 1989— necesitaba abogados. Una triada de egresados de la Facultad de Derecho de la UNAM llegamos a Las Casas. David era canciller de la diócesis. Platicamos mucho. Una tarde, subió a nuestra oficina para decirme que le acompañase a Tuxtla a la liberación de dos docenas de campesinos imputados falsamente de ser zapatistas. Llevábamos la representación de jTatic. El gobierno chiapaneco mandó un helicóptero. El camino de regreso lo hicimos en camión. David aprovechó para contarme que su trabajo de canciller le pesaba. Era demasiada política. Lo tenía demasiado separado de la gente. “No entiendo cómo le hace don Samuel”, me dijo. A propósito del helicóptero, David me compartió que el caído gobernador, Patrocinio González Garrido, solía invitar a don Sam a cenar de última hora. En una de esas ocasiones, antes de 1993, David le había acompañado y habían volado de Las Casas a Tuxtla. Cuando llegaron a la mesa del gobernador, éste ya había bebido de más. Se pasó la noche quejándose del secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios: “Me puso de espina a ese Carpizo, con sus recomendaciones de derechos humanos.” Ante esto, mi comentario fue algo así como: “Ah, pero entonces ¿estaban divididos?” David fue el primero en explicarme que la cruz de los obispos es vivir en el mundo y proteger a su rebaño de los poderosos del siglo. Y para eso, entre otras cosas, había que cenar con Patrocinio.

David Méndez Moreno. (Foto tomada de aquí.)

2000. El cambio de siglo encontró a David secularizado y felizmente casado con Norma Medina Sandoval. Libre de seguir desde abajo en el servicio a su pueblo. Francisco X. González Muñoz, quien le conoció entonces, ha dejado este registro de cuando David se integró al equipo de educación del FrayBa: “Para mí era el tipo afable que recién se integraba al área… Ya luego aprendí que era el veterano ex canciller”. Paco dice que a David “le gustaba medir sus palabras. Parecía buscar la sencillez y claridad. Pero disfrutaba mezclarla con una pizca de burla maliciosa si la situación y/o el interlocutor lo ameritaba.” En las últimas décadas, David siguió sirviendo a las organizaciones diocesanas, sea en Servicios para la Paz (Serapaz, la vieja Conai) o en Cáritas. Y acompañó a la cada vez más amplia red de organizaciones no gubernamentales. En 2017, él y Norma apoyaron a las comunidades damnificadas por el terremoto de 2017 en el istmo de Tehuantepec.

2020. 29 de julio. David y Norma salieron de San Cristóbal a repartir “despensas en Aguacatenango y… el acopio de cubrebocas y caretas y material sanitario. Siempre en la raya, como fue su vida. Íntegro, firme, honesto y cabal.” De regreso, David empezó a sentirse mal. Alcanzaron a llegar al hospital, pero allí el infarto le quitó la vida. Uno de aquéllos maestros-misioneros de 1983, Francisco Argüelles, recordó que David creía que “el trabajo por la justicia no es cosa de un protagonismo personal para brillar o acumular poder, sino que es cosa de sacrificio humilde y constante, paciente como María y perseverante como el amor que Dios nos tiene”.

Muerte repentina y buena. Razonable ocaso para una vida magnífica. Aunque le moleste al afable y sencillo David, quien prefirió acompañar a su pueblo desde abajo y no en los pasillos de la política, quien no le gustaba tomarse demasiado en serio, su biografía debe revisarse para aprender de ella. La república necesita más cristóbales como éste. Va esta elegía en prenda.

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