Tentados por el populismo

Víctor Iván Gutiérrez

Ediciones Godot acaba de publicar en español Contra la tentación populista, libro que recupera el artículo del mismo nombre que Žižek publicó en la revista Critical Inquiry en 2006 (Buenos Aires: Ediciones Godot, 2019). “Contra la tentación populista” es un texto que apareció a raíz de la publicación de La razón populista, de Ernesto Laclau (México: Fondo de Cultura Económica, 2005). En términos generales es una crítica de Žižek a la noción de Laclau de populismo.

Laclau concibe al populismo como la lógica política que aparece cuando un conjunto heterogéneo de demandas políticas no satisfechas se articulan en un solo bloque para fundar una cadena de equivalencias y dan lugar a la construcción del “pueblo” en tanto actor histórico con el potencial de realizar transformaciones sociales (Laclau, 2005: 98-99). A juicio de Laclau, el momento populista posibilita que se conciba al llamado “pueblo” como una entidad que no se encuentra prefigurada de antemano, sino que su existencia y potencialidad es posible únicamente a partir de la unión de demandas que, independientemente de su heterogeneidad, se encuentran articuladas en la fabricación de una única demanda (“recuperar la nación”, “emancipar la patria”, “liberar al pueblo”). Esta construcción da como resultado que la sociedad se divida en dos campos antagónicos.

Žižek no está de acuerdo con este planteamiento porque —a su juicio— esa noción de populismo adolece de contenido de clase y ello da lugar a que cualquier coalición de fuerzas políticas esté en condiciones de crear la delimitación antagónica entre “nosotros” y “ellos”. Más aún, eso permite la “moralización” del campo político, que puede expresarse como “nosotros” las “víctimas”, “ustedes”, los “responsables”. Aunque Žižek reconoce que este procedimiento puede y ha funcionado en distintos momentos para consolidar bloques, frentes o coaliciones interclasistas en favor de los intereses de la mayoría de los trabajadores, “Contra de la tentación populista” se esfuerza en hacer hincapié que nada asegura que las fuerzas de la derecha puedan emprender este mismo procedimiento y liderar un proyecto político fabricando su propia versión de “pueblo”. En su texto —que cabe recordar es de 2006—, Žižek señalaba que en Europa estaban preparadas las condiciones para que se construyeran mayorías sociales a través de la articulación de campos antagónicos, entre un cierto tipo de “victimas” (por ejemplo, el “pueblo blanco europeo”) y los culpables (los “migrantes”, los “musulmanes”, los “terroristas”); de ahí que remarcara las equivalencias entre el populismo y el fascismo: “en la medida en que su propio sentido es el de transformar el antagonismo social inmanente en un antagonismo entre el pueblo unificado y su enemigo exterior, alberga una tendencia protofascista a largo plazo (Žižek, 2019: 28).

Desde el punto de vista conceptual, por otra parte, Žižek considera que la propuesta de Laclau —el populismo es una experiencia política emancipadora— deja entrever en el fondo un pensamiento cuyo funcionamiento parte desde las formas y las superficies, nunca del contenido. Este desacuerdo conceptual se traduce en un interesante debate táctico-estratégico. A juicio de Žižek, la agenda de transformación de la izquierda debe plantear cambiar el sistema capitalista y no sólo desplazar políticamente a los “culpables” que controlan el ejercicio de gobierno, la producción, la distribución y el goce de la riqueza de los estados-nación. Contrariamente, según Žižek, toda voluntad política de transformación social debe de pasar por cambiar el modo de producción, porque de lo contrario puede mandarse el mensaje de que el problema consiste en corregir la “disfuncionalidad”, la “imperfección” o la “ineficiencia” de un modelo económico y de algunos “malos políticos”; esto sin contar que cuando las oligarquías estén de nueva cuenta en condiciones de fortaleza, aspirarán a retornar a través de vías legales o extralegales, al control y ejercicio del estado.

ZizekFoto tomada de aquí.

Pese a que este debate haya tenido como contexto la publicación de La razón populista (2005) otorga muchos elementos para pensar y debatir la actual experiencia mexicana y latinoamericana, dado que en estas latitudes las coaliciones interclasistas han logrado consolidar cadenas equivalenciales concentradas en demandas bien articuladas bajo un fuerte liderazgo, tal y como lo presenciamos el pasado primero de julio de 2018 en México.

De este modo, y sin ánimos de exagerar, uno de los debates de la teoría política contemporánea probablemente sea la cuestión de si la izquierda debería usar las reglas y las instituciones de la democracia burguesa o, contrariamente, evitar pasar por el doloroso trauma de los golpes de estado, las guerras de cuarta generación y los golpes blandos, apostando por un camino más contundente, profundo y certero, como lo es un proceso conducido por una vanguardia proletaria que busque eliminar la propiedad privada y distribuir los medios de producción (Žižek, 2019: 38). (La expresión “cambiar el mundo sin que necesariamente se acceda al control del estado” —tal y como lo plantea el neozapatismo en México y algunas corrientes indígenas de América Latina y el Caribe— es otra de las propuestas radicales de nuestro horizonte de anunciación.)

Estos debates son sumamente importantes. Si bien es problemático que una agenda de transformación social no incluya ya no digamos la superación del sistema mundo sino siquiera la crítica al capital, ello no le resta legitimidad ni fortaleza a la coalición populista, pues la construcción de una fuerza mayoritaria para acceder y gobernar los aparatos institucionales del estado burgués no puede menospreciarse, y menos en una coyuntura como la actual, plagada de fenómenos como el ascenso del neofascismo, la arremetida geopolítica de Estados Unidos y el peligro del colapso climático. Es aquí donde Laclau critica el exagerado papel que Žižek le atribuye a la categoría clase. A diferencia del esloveno, Laclau no cree que exista un único sujeto de transformación y por lo tanto desecha el planteamiento de Žižek en torno a que el proletariado deba ser —precisamente— ese sujeto vanguardista, tal y como se planteó en los sectores oficiales de la izquierda comunista en el siglo XX.

Este rechazo debe leerse en clave conceptual y no simplemente como una actitud “antimarxista”. A juicio de Laclau, si se aceptara el postulado de que únicamente debe apoyarse una revolución proletaria y no una cadena de equivalencias heterogéneas, la izquierda podría correr el riesgo de dejar pasar la oportunidad de resolver necesidades apremiantes, ya sea cambiándolas de raíz o por lo menos paliando sus más graves y dolorosas afectaciones (Laclau, 2005: 290-291). De este modo, la postura de Laclau de batallar desde el frente populista otorga elementos para que se piense que el populismo por sí mismo no descarta que, desde las entrañas de la cadena equivalencial, se geste un proyecto de mayor calado. Ese frente interclasista, por el contrario, puede ser la posibilidad de un primer comienzo que, conforme se sorteen las contradicciones de una coalición heterogénea de numerosas fuerzas sociales, se de un golpe de timón y se profundicen las transformaciones en términos de propiedad, producción y distribución de la riqueza. O caso contrario: aunque las fuerzas de la burguesía local o imperialista lograran neutralizar las voluntades revolucionarias o reformistas de la cadena equivalencial populista, la lucha habría valido la pena; pues se habrían paliado o resuelto un mínimo de demandas —muchas de ellas limitadas, es cierto— pero que en un balance general atenderían las demandas urgentes de las masas, las cuales no estaban en condiciones de esperar el advenimiento ni la maduración de la revolución comunista, ni que cambiara el mundo sin que se tomara el poder.

En el fondo quizá nos enfrentamos a un problema parecido al que Walter Benjamin se refería cuando hablaba de poner “el freno de mano a la locomotora del capital”, pero ahora en su actual formación histórica llamada “neoliberal”. Esto significa que, al margen de estos interesantes y trascendentales debates de carácter conceptual, resulta ante todo necesario evitar la prolongación del sufrimiento humano, la afectación del medio ambiente y la paulatina degradación de las numerosas especies que conviven con la especie humana. Por lo tanto, no se trata de pensar la sugerencia de Laclau en términos de conformismo o de “realismo político”; tampoco de la políticamente posible; mucho menos del “mal menor”. Por el contrario, como afirma Enrique Dussel —16 tesis de economía política: interpretación filosófica (México: Siglo Veintiuno, 2014), 322—, se trata de pensar, desde estas experiencias históricas populistas de México, América Latina y el Caribe, acerca de la necesidad de construir nuevos cimientos conceptuales para la configuración de nuevas alternativas de transformación. Estas alternativas deberían considerar la posibilidad de combinar esta relación: que al tiempo que se trabaja a favor de la construcción de una fuerza mayoritaria que esté condiciones de desplazar a las fuerzas neoliberales del poder político del estado burgués y resolver necesidades apremiantes (como dejar de reprimir a las masas, alimentar a los más pobres tres veces al día, redistribuir la riqueza, detener la degradación ambiental), se trabaje a favor de la realización de transformaciones estructurales que, independientemente de que no florezcan en resultados positivos de manera inmediata, contribuyan a orientar el proceso hacia un horizonte que, pese a los obstáculos, los inexorables errores y hasta las naturales contracciones, apunte hacia un fin poscapitalista.

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