(Des)madre tierra

Wilphen Vázquez Ruiz

A partir de 1970, como resultado de una iniciativa del estadounidense Gaylord Nelson, cada 22 de abril se celebra el Día Internacional del a Madre Tierra, más conocido como del Día Mundial de la Tierra o simplemente como Día de la Tierra. De acuerdo con este sitio, el término madre tierra se refiere, más que al planeta, a la interdependencia que existe entre los seres humanos, todas las especies vivas y las regiones que cada una habita.

Esta celebración, cabe añadir, responde desde sus inicios a los esfuerzos que ha realizado la Organización de las Naciones Unidas para tratar de hacer conscientes a los gobiernos nacionales, así como a los habitantes de cada país, de los problemas que en materia ecológica y medioambiental enfrenta nuestro planeta, como resultado de las actividades humanas y nuestro crecimiento poblacional —que a la fecha supera por mucho los 7 mil millones de habitantes. En este sitio de la ONU se señala que desde mediados de 2015 la cifra era de 7 300 millones de personas, en tanto que el Estado de la población mundial de 2016 (disponible aquí), también de ONU, se señala que para ese año éramos 7 433 millones de personas.

Para dimensionar estos datos, el número de nacimientos que tiene lugar cada año en todo el mundo es equivalente a la población total de nuestro país o tres veces la de Argentina, más de la mitad de Brasil, más de un tercio de la de Estados Unidos y casi la totalidad de la de la Federación Rusa, si tomamos en consideración algunas estadísticas del Banco Mundial.

Debe aclararse que, desde hace varias décadas, la problemática generada por la degradación del medioambiente a nivel global ha alcanzado proporciones tales que no es de extrañar que los esfuerzos de los ambientalistas contemporáneos hayan derivado en establecer otras fechas con fines muy semejantes al que ubicamos el día 22 de este mes: el Día Mundial del Medio Ambiente (5 de junio) y el Día Mundial de la Naturaleza (3 de marzo), ambas también fijadas por la ONU.

Para algunos, el 22 de abril de 1970 es tomado como el parteaguas del ambientalismo moderno. Sin dejar de reconocer la importancia que tiene esta celebración, hay que recordar que en el devenir histórico lo que parece nuevo no siempre lo es. De hecho nuestro propio país, catalogado como uno de los primeros cinco con mayor biodiversidad en todo el orbe, cuenta con una historia ambiental lamentablemente desconocida por la mayoría de nosotros, forjada por diferentes personas y agrupaciones no sólo desde la década de los años setenta, sino que hunde sus raíces en los regímenes posrevolucionarios, revolucionarios y en el porfiriato, alcanzando incluso la década de los años sesenta del siglo XIX —y esto por establecer una cronología que, de buscar ser extendida, comprendería también una larga serie de disposiciones emitidas por la corona española para el territorio de lo que actualmente es México. Esto muestra que, incluso si nos limitamos al estudio de la historia ambiental posterior al término de nuestra etapa colonial, nuestro país, a pesar de ser relativamente joven, cuenta con más de 150 años de esfuerzos que se tradujeron en la elaboración de leyes que buscaron proteger el medioambiente y en particular a los ecosistemas boscosos.

Lo anterior es parte de lo que puede leerse en Vivir para conservar: Tres momentos del pensamiento ambiental mexicano, libro de la Coordinación de Humanidades de la UNAM cuya periodización va de 1861 a 1935. En un futuro cercano, esta antología incorporará materiales de los movimientos y acciones ambientalistas surgidos entre 1940 y 1992, periodo en el que tanto el conservacionismo como el modelo de desarrollo que caracterizaron a los regímenes posrevolucionarios hasta el gobierno de Lázaro Cárdenas experimentaron cambios radicales, culminando con una serie de transformaciones en materia constitucional a finales del siglo XX que darían pie a cambios en la propiedad ejidal —cuyas consecuencias aún nos falta estudiar con más detenimiento.

Me resulta particularmente difícil ofrecer una reseña del libro que analice los 21 documentos y estudios producidos por casi una veintena de connacionales e instituciones. Estos incluyen a personajes como Leopoldo Río de la Loza y Manuel Payno, la que en 1893 fue la Secretaría de Fomento, Miguel Ángel de Quevedo, la Sociedad Forestal Mexicana en 1926 y a Lázaro Cárdenas, entre otros. Cada uno de los personajes, instituciones o agrupaciones mencionadas en esta obra tuvo una visión de lo que era el medioambiente y cómo debía ser protegido, lo que por sí mismo revela que no llegó a existir una visión homogénea del propio objeto de estudio ni de las propuestas para protegerlo e incluso restaurarlo. Por esa razón, mi cometario se centra en el estudio introductorio que ofrece el libro en relación con el ambientalismo en México.

Si bien esta obra muestra el largo aliento que tiene el debate ambiental en nuestro país, no por ello es ajena al presente, a nuestro presente. De hecho, la discusión que se propone parte de los retos y peligros que representan el cambio climático y la desertificación de los suelos, así como la extinción masiva de especies animales y vegetales. Por supuesto, si bien las afectaciones son diferenciadas dependiendo del espacio y ámbito en el que nos encontremos, la premisa que rige la discusión es que éste es un reto planetario, pues no hay rincón del orbe que no se vea ya afectado y que pueda evitar las consecuencias que traen la pérdida de los hábitats y nichos ecológicos, así como la extinción de las especies que los ocupaban.

Todos estos son fenómenos interdependientes que, junto con las acciones humanas y las afectaciones que nosotros mismos sufrimos como especie, acusan la insuficiencia de las soluciones que pretenden basarse únicamente en decisiones técnicas, lo cual no quiere decir —en absoluto— que la inclusión de los diferentes actores sociales que deben ser involucrados sea sencilla. La razón es tan simple y compleja como la historia misma.

Al igual que las sociedades humanas distan mucho de ser homogéneas, las propuestas para proteger al medio ambiente tampoco lo son. Aun los datos a partir de los cuales puede diseñarse alguna estrategia llegan a ser muy dispares. Baste como ejemplo el que los indicadores ofrecidos por el Programa Sectorial de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Pronamart), entre 2013 y 2018, establecen que nuestro país ocupó el lugar 21 a nivel global en materia de deforestación, lo que señala a México como el único miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos que reduce de manera acelerada sus recursos silvícolas. De acuerdo con el Pronamart, entre 2005 y 2010 perdimos anualmente cerca de 155 mil hectáreas de bosques y otros ecosistemas. En contraste con lo anterior, el Inventario Nacional Forestal estima que la perdida de la cubierta forestal y selvática durante el mismo periodo promedió 326 mil hectáreas por año.

Deforestación. (Foto tomada de aquí.)

No obstante estas diferencias, existe un consenso en cuanto a que en las últimas tres décadas hemos perdido más del 30 por ciento de los bosques y selvas primarias que nos quedaban. Las preguntas obligadas son: ¿cuánto tiempo le queda de vida a nuestra biota para que ésta sea revalorada y protegida?, ¿cuánto tiempo nos resta para evitar las consecuencias que traen la pérdida de nuestros ecosistemas?

En concordancia y parafraseando lo señalado en esta obra, la conservación ambiental es un problema histórico que ha sido enfrentado por diferentes generaciones; en tanto historiadores, debemos dar cuenta de ese proceso a fin de que las generaciones por venir puedan aquilatar cuáles han sido las decisiones y acciones que han rendido los mejores frutos. Esto último es de particular importancia, pero me atrevo a ir un poco más allá de lo que se señala en el estudio introductorio. Si bien es indiscutible que todo lo que historiamos debe ofrecer una visión alternativa que también rinda cuentas a las próximas generaciones sobre nuestros propios errores, considero que Vivir para conservar: Tres momentos del pensamiento ambiental mexicano también debe provocar una reacción en nosotros, quienes habitamos aquí y ahora esa aldea global que es nuestro planeta, interconectada por los suelos, los cuerpos de agua y la atmósfera, elementos todos ellos que respiramos, consumimos y contaminamos de manera regular.

Nuestro reto es tan formidable como urgente. Insistimos en que la consecución de soluciones no puede remitirse a trabajar sólo con base en criterios técnicos que ignoren la inclusión de diversos actores sociales. Muchos son los ejemplos a este respecto que nos señalan que el camino debe ser distinto. No me queda duda de que metas como la que alcanza Vivir para conservar impedirán que muchos nos declaremos sorprendidos o neutrales ante una discusión ambiental que tiene más de 150 años de vigencia en nuestras fronteras.

Esperemos, también, que este proyecto termine su segunda etapa y nos ofrezca en su conjunto una visión por demás amplia de los problemas medioambientales que hemos enfrentado, incluyendo aquellos que han ayudado a transformar de manera tristemente notable el paisaje que hasta hace una veintena de años, o menos, aún podíamos observar en diferentes puntos de la geografía nacional. Sin duda, imágenes que nos obligan a una reflexión y a un actuar decisivos y urgentes.

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