Un indio en México

por Daniel Kent Carrasco

A pesar de su enorme importancia para la historia internacional de la izquierda del siglo XX, el bengalí Narendranath Bhattacharya, mejor conocido por su seudónimo M. N. Roy, ha ocupado el lugar de una mera curiosidad anecdótica en la historiografía mexicana. Es marginalmente conocido como uno de los impulsores y fundadores del Partido Comunista Mexicano en 1919, y como uno de los primeros representantes de la delegación mexicana en los congresos de la Tercera Internacional en 1920.

Sin embargo, Roy consideró a México como uno de los escenarios centrales en el drama de su vida. Habiendo literalmente cruzado el planeta y haber pasado largos períodos de tiempo en Estados Unidos, Japón, Alemania, la Unión Soviética, China y Kazakstán, en sus memorias México es el país que describe con  mayor añoranza y detalle. A pesar de la lejanía geográfica, México, no le resultaba ajeno; al contrario, se le aparecía como un país no-occidental, cuya historia y presente interpretó como un espejo de la India que había dejado atrás. En este país encontró un refugio y una plataforma para el despegue meteórico de su posterior carrera política. México fue, en sus propias palabras, el lugar en el que vivió una revolución, en la que vio reflejados y entremezclados los ideales del antiimperialismo, el socialismo y el cosmopolitismo que defendería durante el resto de su vida.

Sabemos poco del paso de M. N. Roy por México. Su estancia de poco más de dos años, del verano de 1917 a diciembre de 1919, coincidió con la consolidación del gobierno constitucionalista en México, el final de la Gran Guerra en Europa y el inicio de la revolución bolchevique. En este breve texto, rastrearemos la estadía de Roy en México entre 1917 y 1919 enfocándonos en sus Memorias, publicadas en Mumbai en 1964. Nos mueve la intención de sugerir que, más allá de su centralidad en el relato nacionalista posrevolucionario, la segunda década del siglo XX mexicano generó las posibilidades ideológicas, intelectuales, políticas y materiales para el “salto de un empedernido nacionalismo al comunismo” (59-60) de una de las figuras centrales de la historia internacional contemporánea de la izquierda. En lo que sigue veremos cómo el nacimiento del comunismo de Roy estuvo íntimamente ligado a su experiencia personal en el México, país que inaugura la tortuosa genealogía revolucionaria del siglo XX.

Roy llegó a México por accidente. Tras desembarcar en San Francisco en el verano de 1915, el joven bengalí se sumergió en una red de actividades anti-británicas encabezadas por grupos anarcosindicalistas asociadas con el legendario partido Ghadar. Es probable que la primera noticia que Roy tuviera sobre el proceso revolucionario que tenía lugar al sur del río Bravo le haya llegado por su relación con estas redes, cuyos miembros tenían relación con los seguidores de los hermanos Flores Magón. A través de estos circuitos, Roy entró en contacto con el entonces rector de la Universidad Stanford y reconocido pacifista David Starr Jordan, quien le expidió una carta de recomendación dirigida al general Salvador Alvarado. Armado con la misiva, y sin otras opciones para escapar, el bengalí emprendió camino hacia Yucatán donde, pensaba, se estaba gestando una nueva “economía socialista en el hogar de la antigua civilización maya” (59-60).

En el verano axial de 1917, el joven Roy cruzó la frontera huyendo de las autoridades estadounidenses, quienes lo buscaban por su participación en la trama de la famosa “conspiración indo-alemana”. Una vez en México, Roy pronto abandonó su plan de llegar hasta Yucatán. La dificultad que entrañaba el viaje a la península, dado lo peligroso de los caminos, la ausencia de vías ferroviarias y la presencia de barcos estadounidenses en las costas del golfo de México, le evitó ir más allá de la capital de la república.

En la ciudad de México, Roy entró en contacto con autoridades consulares alemanas, las cuales por entonces apoyaban activamente distintas iniciativas antiestadounidenses y antibritánicas en el país. Roy no tenía la intención de establecerse en México, sino que buscaba la forma de volver a la India británica para formar parte de lo que el veía como la inminente insurrección anticolonial. En sus Memorias, afirma que, poco después de su llegada, desarrolló un plan junto con oficiales alemanes para zarpar de vuelta al subcontinente desde la costa del Pacífico, algo que no llegó a materializarse pero que le brindó la excusa para conocer grandes porciones del territorio nacional. Roy describe con añoranza su experiencia a bordo de trenes que lo llevaron a Guadalajara, Manzanillo y, más tarde, al puerto de Salina Cruz, adonde llegó apenas tarde para abordar un barco alemán con destino a Japón. Incapaz de zarpar hacia Asia, Roy volvió a la ciudad de México cruzando el istmo de Tehuantepec y las montañas de Veracruz, la belleza escénica de las cuales le causó una profunda impresión. Al probar el café de Orizaba, llegó a la conclusión de que era “el mejor del mundo”. Su entusiasmo por México iba más allá de su apreciación del paisaje y la comida, e incluía una admiración por el “carácter del mexicano” que le parecía mucho más afín que el de los europeos o estadounidenses. Esto era especialmente cierto en lo concerniente a la generalizada indiferencia hacia la puntualidad, la cual, constató con alegría, “no era un vicio mexicano” (104).

Habiendo fracasado en su intento de volver a India, Roy se estableció en un exclusivo hotel de la colonia Roma, con apoyo alemán, hacia principios de 1918. Gracias a la ayuda proporcionada por el gobierno del káiser, Roy disfrutó de un confort y una libertad que le permitieron explorar la vida de la capital. La ciudad lo cautivó con sus contradicciones y posibilidades. Durante aquellos meses deambuló por las amplias avenidas porfirianas, navegó los canales de Xochimilco y exploró las faldas del Iztaccíhuatl. En la ciudad de México, lejos de la amenaza de cárcel y la angustia de la pobreza y la incertidumbre, el joven fugitivo aprendió a tomar fotografías, a jugar ajedrez y se inició en el consumo de bebidas alcohólicas (96-130).

A la par de estos descubrimientos, Roy pronto se vio inmerso en la burbujeante atmósfera política de la ciudad. Poco después de su llegada, fue invitado a colaborar con el periódico El Pueblo, donde publicó artículos sobre la situación política en India (70-71). A través de sus contactos en El Pueblo y la delegación alemana en México, Roy tuvo acceso a círculos oficiales y, nos cuenta, llegó a conocer al presidente Venustiano Carranza (96-97). En esos meses, Roy trabó amistad con una red de radicales anarquistas y socialistas entre los que se contaba Adolfo Santibáñez, miembro del Partido Obrero Socialista, fundado en 1911 por el afinador de pianos alemán Paul Zierold, y a quien Roy cariñosamente describe, debido a sus largas barbas canosas, como la encarnación mexicana de Karl Marx (77).

A partir de este encuentro, Roy comenzó a jugar un papel importante en la organización del POS. Aquel año, el partido se vio nutrido por la incorporación de un grupo de anarquistas y sindicalistas estadounidenses exiliados. Entre estos se contaban José Allen, Frank Seaman y Charles Shipman, quienes junto con Roy contribuyeron a organizar el primer congreso del POS, celebrado en diciembre de 1918. En sus memorias, Roy relata que durante el congreso se celebró el triunfo de los bolcheviques y se defendieron consignas como “el petróleo pertenece al pueblo de México”, “abajo con el imperialismo yanqui” y “viva la alianza revolucionaria de las repúblicas de América Latina”. Se contó con la asistencia de delegados de América Central y del Sur y de personajes como Antonio Caso, John Reed y Plutarco Elías Calles (141-146).

Menos de un año después, y en reacción a la ola expansiva internacional de la revolución bolchevique, en noviembre de 1919 un grupo encabezado por Roy y Allen tomó la decisión de fundar el Partido Comunista Mexicano. Los miembros del Partido Obrero Socialista involucrados en la decisión de formar el PCM fueron asesorados por Mijaíl Borodin, un misterioso agente soviético que había arribado a tierras mexicanas en el verano de 1919 como emisario de la recién fundada Internacional Comunista. Para este momento, el joven Roy, quien tan solo dos años antes llegara a la ciudad de México como un excéntrico nacionalista indio, aparecía como una de las figuras centrales de la izquierda en el país. En diciembre de ese año, Roy partió desde Veracruz con dirección a Moscú como delegado mexicano a la Tercera Internacional. En el verano de 1920, Roy presentó sus famosas “Tesis sobre la cuestión colonial” en el segundo congreso de la Comintern, las cuales fueron discutidas en contraparte a las redactadas por Lenin. El bengalí representante del PCM se hallaba en el centro del internacionalismo comunista de inicios del siglo XX.

En México, Roy encontró la posibilidad de “comenzar una nueva carrera política” (103). México fue el escenario de un “renacimiento” que iba más allá  de un “cambio de ideas políticas e ideales revolucionarios” (217). Casi medio siglo después, tras haber conocido a Lenin, participado en el establecimiento temprano de la Tercera Internacional y haber presenciado el fin del colonialismo británico en la India, el viejo Roy recordaba México como el único país en el que, además de la India independiente, le gustaría vivir (52-55).

A pesar de las inexactitudes y las exageraciones, las memorias de Roy son una rica fuente para el estudio del entorno conceptualmente cosmopolita, ideológicamente dúctil y políticamente audaz del México de la segunda década del siglo XX, en el que confluían internacionalismo, comunismo, anarquismo y antiimperialismo. Al mismo tiempo, su relato autobiográfico nos permite entender este entorno local como el reflejo de un periodo inusualmente revolucionario en el mundo. En este horizonte florecieron trayectorias errantes y eclécticas como las de Rubén Darío, Sun Yat-Sen, Marcus Garvey o Rabindranath Tagore que, como la del el propio Roy, resultan difíciles de imaginar en el mundo de hoy, segregado por fronteras y muros de separación infranqueables entre ideologías y regiones.

Un comentario

  1. Felicidades, Daniel, bonita reseña. En mi opinión, nunca como hoy es necesario romper analíticamente “fronteras y muros de separación infranqueables entre ideologías y regiones”.

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