La banda y el bastón

Luis Fernando Granados

Nunca en lo que va del siglo la entronización de un nuevo gobierno había estado cargada de tanto simbolismo histórico. En realidad, es posible que nunca en el pasado del país un presidente haya expresado de manera tan clara su sentido de la historia como lo hizo el sábado Andrés Manuel López Obrador. Hasta se antoja decir que esa conciencia es el rasgo que mejor caracteriza al nuevo titular de ejecutivo federal, y por ello que mucho de lo que puede esperarse de la llamada cuarta transformación de la vida pública mexicana está cifrada en la particular invocación del pasado, de los muchos pasados, que hizo y está haciendo. Para bien y para mal.

Algo se barruntaba ya en la decisión de modificar el diseño de la banda presidencial: cambiar de orden las franjas del manto laico evidencia una voluntad restauradora, el deseo de acabar con el “modernismo” de las últimas administraciones —esa obsesión por convertir a México en un país ganador, liberado al fin de su pasado. El logotipo de la nueva administración expresa de manera aún más clara esa gana de reivindicar la historia nacional, por emplearla como guía para construir un futuro menos indigno. Por su importancia mediática, el santoral laico de López Obrador no puede equipararse con la costumbre —abandonada desde los años noventa, por lo demás— de que cada presidente adoptara un héroe patrio como su mascota simbólica. Y sería groseramente simplista calificarlo como ejemplo de continuidad de la vieja historia de bronce, primero porque desde los años ochenta del siglo XX el discurso liberal-nacionalista ha ido perdiendo centralidad como elemento legitimador del régimen, y segundo, sobre todo, porque ningún presidente hasta ahora, ni José el Quetzalcóatl López Portillo, había usado a un puñado de héroes patrios como la imagen —corporativa, dirían algunos diseñadores— de su gobierno.

Claro que, al mismo tiempo, el emblema es más bien decepcionante. Cinco héroes patrios —todos menos uno hombres de armas, todos menos uno jefes de estado— no pueden representar la riqueza y complejidad de los procesos sociales que destruyeron el orden colonial, afirmaron la soberanía nacional y el carácter laico del estado, y establecieron los derechos sociales en el paisaje mexicano; son apenas una caricatura de la independencia, la reforma y la revolución. (Y poco ayuda que en otras versiones del logotipo aparezca Sor Juana. Hace tiempo que los billetes de 200 pesos se han servido de la monja jerónima para fingir que la historia patria también tiene ojos para las mujeres y las artes. Y nadie cree que la historia patria haya dejado de ser machista, ¿o sí?)

Por supuesto, lo más significativo de esta afirmación de continuidad entre el pasado y el presente —de la historia como aglutinante de su proyecto político— ocurrió el sábado en la tarde, en la plaza principal de la ciudad de México. Fue a la vez lo más significativo y hasta cierto punto lo más sorprendente, pues López Obrador suele invocar al pastorcito de Guelatao pero casi nunca se refiere a las fuerzas cósmicas de la antigua Mesoamérica. Sería fácil, quizá demasiado fácil, señalar —denunciar, avergonzarse de— los rasgos más bizarros de la ceremonia. Es cierto que fue sospechosamente parecida a lo que ocurre todos los fines de semana en la antigua plaza del Seminario o en la plaza del Museo Nacional de Arte: el copal y las invocaciones a las religiones prehispánicas, las plumas, los vestidos “típicos”, esa sensibilidad que parece provenir del pasado más remoto y la vez de los movimientos new age. Es cierto también que los “representantes” de los 68 pueblos indígenas y la comunidad afromexicana sólo pueden serlo retóricamente, pues en México la indianidad se define sobre todo de manera lingüística, y eso quiere decir que los pueblos no tienen existencia en tanto que comunidades políticas y los poco más de 7 millones de hablantes de lenguas indígenas carecen de todo mecanismo de representación, liberal o de otro tipo. (En la época colonial, por lo demás, cada república de indios tenía su propio bastón para dar a su gobernador; nunca hubo representación “étnica” general ni la ha habido desde entonces.) Y es cierto, en fin, que hay algo inquietante en el hecho de que López Obrador —aparentemente el más juarista de los políticos— recibiera gustoso un enorme crucifijo envuelto en manta en el acto de su segunda, y en cierto modo verdadera, toma de posesión. Ni siquiera Vicente Fox se atrevió a tanto.

Presidente con copal, 1 de diciembre, 2018

Detenerse en esos rasgos de la ceremonia, sin embargo, equivale a perder de vista su sentido general, la manera en que López Obrador entiende el devenir de la sociedad mexicana —y también, quizá sobre todo, el modo en que esa cosmovisión se conecta con el sentir de los miles que se congregaron en el Zócalo y aun los millones que votaron por él y por los candidatos de Morena. Lo de menos, en otras palabras, es que Jesusa Rodríguez animara el acto disfrazada de Beatriz Paredes —como si un vestido pudiera contener a una cultura— y que el náhuatl fuera la única lengua mesoamericana que se oyó en la plaza —como si en efecto el ombligo de la Mesoamérica prehispánica hubiera sido el hogar de los mexicas. Mucho más importante, aunque cueste trabajo comprenderla, es la naturalidad con que gran parte de la multitud reaccionó ante las peticiones de los sacerdotes. Y así miles de manos se elevaron hacia cada uno de los puntos cardinales como si de verdad creyeran estar conectándose con las fuerzas cósmicas; así la letanía en seis partes, una por cada punto cardinal, que terminaba diciendo “ometeotl, que así sea”, fue repetida, casi con entusiasmo, por miles de bocas que unos minutos antes coreaban las consignas tradicionales de la izquierda electoral. Como si la mayoría de los presentes hubieran ido alguna vez a las fiestas del equinoccio de primavera en Teotihuacan o Chichen Itzá. Como si la experiencia de hacerse una limpia con copal y palabras en náhuatl fuera compartida y respetada por casi todo el mundo.

Cuestionar la autenticidad de ese México profundo es tan estéril en lo político como problemático en lo analítico —y a menudo sólo revela un prejuicio de clase, por más letrado y jacobino que parezca. Porque, en sentido estricto, la banda presidencial y la protesta “de ley” que recibió y dijo López Obrador en San Lázaro no son prácticas menos inventadas y fraudulentas que el bastón de mando y la purificación cósmica que el nuevo presidente recibió y se sometió a unas horas más tarde en el Zócalo. O más bien, ambos son espectáculos normados culturalmente; ambos son mecanismos artificiales que buscan significar un hecho por medio de la invocación de un orden trascendente —el estado liberal, la cosmovisión mesoamericana— que existe y se legitima menos por su cualidades intrínsecas, por su verdad inherente, que por la práctica social que la acompaña (cuando la acompaña).

El valor de la respuesta de la multitud al sahumerio y las oraciones parece encontrarse más bien en que expresa un sentimiento mucho más profundo, opaco y malamente articulado por el nacionalismo revolucionario y el indigenismo vigesímico: la sensación de que debajo de la “modernidad” mexicana —por detrás de la constitución y las leyes, de la gesta del estado nacional, del sueño guajiro de ser parte del primer mundo— palpita una manera diferente de entender y entenderse con el mundo. Lejos de constituir un fraude o expresión de estupidez, esa manera de comportarse puede entenderse como un argumento cuyas premisas son todas falsas y no obstante conduce a una conclusión verdadera —exactamente lo contrario de lo que ocurre con las falacias.

Esa indianidad disimulada, en gran medida inconsciente incluso cuando se manifiesta en la celebración del maíz y en el catolicismo tan vilipendiado de los pueblos, es quizá la verdadera interlocutora de la práctica de López Obrador y la causa última de su éxito político. Y aunque tiene el gran problema de seguir tratando a lo indígena como herencia y no como vida, como algo que concierne sólo a los hablantes de lenguas indígenas, tiene al menos la virtud —la enorme virtud— de pensar el país desde la perspectiva de la gran mayoría de la población, esa civilización negada que Guillermo Bonfil definió hace poco más de treinta años (y a quien la propia Jesusa se refirió durante el acto). De ahí a concebir la historia del país desde la larga duración —menos interesada en los héroes y más en los procesos socioespaciales— hay apenas un paso. Eso también forma parte de la esperanza.

Un comentario

  1. Si bien ese cliché de ceremonia indígena pierde autenticidad, al parecerse a lo visto cada domingo en el zócalo o durante los equinoccios en Teotihuacan, no deja de tener una raíz viva. Una raíz de mundo indígena actual. Hay muchas ceremonias de los indígenas vivos, que comparten bastantes de los rasgos que vimos este sábado en el zócalo. Saludos y felicidades por su buen análisis.

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