Esquinas rotas

por Bernardo Ibarrola

[H]abrá que volver pero a qué primavera
no importa en qué estado calamitoso esté pero yo quiero recuperar mi primavera.
Mario Benedetti

La felicidad no es como iba a ser, estimado Luis Fernando. Tú y yo lo vimos la noche del domingo, en la plancha del Zócalo. En cierto momento, cuando un gesto o una palabra del Peje me agarró desprevenido y me conmovió más de la cuenta, volví la mirada por encima de mi hombro derecho y te busqué, siete metros atrás. Nos vimos un segundo. Sí, ganó; esto está ocurriendo en efecto; ganamos, treinta años después, ganamos.

Pero nosotros no somos los mismos. No soy el chamaquillo de 17 años deslumbrado ante la renuncia de Heberto Castillo a favor de Cuauhtémoc Cárdenas; no soy el joven encabronado que fue al Zócalo en 1994 a oponerse a una guerra civil en gestación (¿de qué nos van a perdonar?); no soy el hombre esperanzado que tres años después besaba a su novia en una fiesta, tras el mitin, junto a una banderola amarilla que decía “Democracia ya, patria para todos” porque Cárdenas podía ganar las primeras elecciones del Distrito Federal; no soy el treintañero desconcertado que iba y volvía al Zócalo del desafuero, del fraude electoral y del plantón. Tampoco soy ya, si me apuras, el cuarentón dolido que gritó, junto con otros muchos miles, los nombres de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa víctimas de desaparición forzada en 2014.

Ya no soy nada de eso, y sin embargo, sigo siéndolo por momentos y según qué ángulos. Y el primero de julio en la noche volví al Zócalo, a celebrar por primera vez en mi vida. Porque lo hice para protestar e inconformarme a los 17 y a los 23 y a los 26 y a los 35 y a los 43 años; porque esa plancha es mía y la comparto con todos mis compatriotas, en las malas y en las buenas, pero hasta el domingo pasado siempre había sido en las malas.

Y sin embargo, la felicidad no es como iba a ser. Creo que la madrugada del 2 en realidad estábamos tristes, estimado. No sólo por costumbre, ni por las fútiles tramas de nuestras vidas que nos condujeron a celebrar esa noche en la plancha del Zócalo con unas personas y no con otras, sino porque la felicidad nos hace ver y lo que vemos es muy doloroso. Ganamos, en efecto, treinta años después ganamos; pero el daño que nos hicieron durante ese tiempo fue enorme. El país tampoco es el mismo que nosotros, hace treinta años.

A la hora de la celebración. (Foto tomada de aquí.)

La sobrexplotación orientada a la ganancia inmediata y la extracción de recursos naturales despedazó las entrañas del país; quienes gobernaron los últimos treinta años privatizaron Pemex y estuvieron a punto de vender también el agua; atravesaron con gaseoductos nuestras montañas, concesionaron minas profundas y a cielo abierto; envenenaron ríos y mantos acuíferos; acabaron de pulverizar al campo y a los campesinos que, convertidos en trabajadores no calificados, atestaron nuestras ciudades controladas por las mafias inmobiliarias y emprendieron el doloroso camino de la migración internacional.

La apertura y desregulación económicas generaron crecimiento, sí; pero la desigualdad en lugar de reducirse aumentó, y en la delegación Álvaro Obregón conviven personas con niveles de vida tan altos como en Suiza y tan bajos como en Zimbawe. Antes teníamos niños desnutridos; ahora tenemos niños desnutridos y obesos. La esperanza de vida aumentó, también, pero los sistemas de seguridad social se colapsaron de hecho y ahora somos un país de viejos pobres y abandonados, de adultos que sufren enfermedades crónico-degenerativas provocadas principalmente por la ingesta de alimentos industrializados de mala calidad y que no tienen más expectativa de cuidado que la del médico de la farmacia o de compañías como “Salud Digna”, que como las universidades-patito surgieron para hacer negocio con los sectores sociales que no pudieron integrarse a los sistemas médicos privados y quedaron descubiertos tras el colapso de los públicos.

La violencia se convirtió en el dato central de nuestras vidas; no la violencia que el estado mexicano sólo pudo contener tras la revolución y que la sociedad mexicana nunca pudo gestionar realmente, sino una peor, si cabe: la violencia ejercida por grupos organizados que desafiaron al estado y que en algunas zonas lo sustituyeron de hecho. La violencia del despojo de tierras productivas, de los desplazamientos forzados de pueblos y comunidades enteras, del control de la producción y el trasiego de drogas, del cobro de piso, del secuestro, de la tortura y la violación, de la desaparición y el asesinato. Cientos de miles de desaparecidos, cientos de miles de asesinados, cientos de miles de cuerpos humanos enterrados en fosas clandestinas. Millones de huérfanos, de familias rotas, de personas ofendidas, lastimadas, humilladas hasta lo indecible.

Luego de estos treinta años, el credo neoliberal salvaje con el cual nos gobernaron consiguió penetrar y arraigarse en nuestra convivencia cotidiana; desapareció el trabajo como valor y con él el trabajador como identidad. Walmart tiene asociados, no empleados; todos los que trabajan para BBVA-Bancomer —uno de los bancos con mayores ganancias del mundo— están contratados por empresas de outsorcing; las innovaciones tecnológicas no han mejorado las condiciones de vida de las personas, sino los márgenes de ganancia de unas cuantas empresas; de ruletero a Uber; de repartidor a postmates. Todos aislados delante de su pantalla, sin compañeros ni solidaridad elemental, sin horarios, días de descanso, prestaciones, derechos ni expectativas, justo como los trabajadores freelance que luego de jornadas de 12 y 14 horas aislados en sus casas, delante de sus pantallas, piden de comer a través de una innovadora aplicación.

México no es el mismo de hace treinta años y por eso nuestra celebración en el Zócalo tenía que ponernos, en realidad, tristes. Ya no enojados, sino tristes, por todo el dolor que ha constituido nuestra historia. Pero también sorprendidos y aunque con recelo, hasta esperanzados. Porque por más rotas que tenga las esquinas, esta primavera es nuestra y no tenemos otra. Y a partir del primero de julio la recuperamos.

5 comentarios

  1. Genial la entrada de Mario Benedetti, cuadra muy bien con el contenido. Hay muchas cosas por hacer, lo bueno es que esta la esperanza. Me gusto mucho tú testimonio, que es el de muchos por las circunstancias que hemos vivido a nivel nacional, saludos Bernardo.

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  2. Querido Bernardo, en efecto el país ya no es el mismo, pero yo si. Siego siendo la misma que te tocó vivir la golpiza que nos propiciaron los granaderos el 26 de julio de 1968 cuando en marcha íbamos al Zócalo y la activista de ese movimiento estudiantil que le toco estar presente el 2 de octubre en la plaza de Tlatelolco. Continué siendo la misma en la represión del 10 de junio de 1971. Después, en la luchas universitarias por la reforma y la sindicalización. Años más tarde, luché para conquistar la reforma política que le diera a los comunistas y otras corrientes sus derechos políticos, los cuales entre otras cosas explican la gran movilización electoral de 1988. La misma que participó años antes, en 1974, en la Convención de Aguascalientes. Años más tarde, en 1999, en la huelga de la UNAM y en el movimiento yo soy#132. En fin, toda mi vida desde que tenía 16 años he luchado y no sólo en el terreno electoral y sigo siendo la misma, con 50 años más, pues tengo los mismos sentimientos y convicciones por ello el 2 de julio en la madrugada no me sentí triste, sino todo lo contrario. Te abrazo con afecto y alegría Cristina Gómez

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  3. Querido Bernardo:

    Duele mirar hacia atrás porque el despojo es inconmensurable. No pudieron, sin embargo, arrebatarnos la esperanza. ¿Serías tan gentil de escribir un texto que visualice los años por venir? ¿Cuáles son los alcances de nuestra esperanza?

    Desde la biblioteca del Ateneo Español de México abrazo para toda la banda del OH

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