por Luis Fernando Granados

Dinamitar esa entelequia que conocemos como conquista de México es urgente, e indispensable para construir una sociedad menos injusta, al menos por dos razones. En primer lugar, porque la expresión no da ni puede dar cuenta de los hechos ocurridos en Mesoamérica a principios del siglo XVI. En realidad, el relato que aprendimos en la escuela —y que se repite en buena parte de la literatura, el arte, el “pensamiento” y aún la historiografía especializada, prácticamente sin alteraciones— es una fábula por demás inverosímil que poco o nada dice acerca de la guerra que acabó con el dominio de Tenochtitlan-Tlatelolco en el centro del territorio que hoy es México. Más que un mito, es simplemente una mentira —y una de más las grandes, más longevas y más siniestras.

No creo, sin embargo, que haya que dinamitar el cuento que afirma que México o Mesoamérica o el “imperio” azteca fue vencido y conquistado en 1521 por Hernán Cortés o por los españoles o por los españoles y sus “auxiliares” tlaxcaltecas o por el virus de la viruela porque falte a la verdad documentable, porque use un lenguaje anacrónico o porque esté plagado de engaños narrativos y analíticos. Sostengo más bien que tiene que ser expuesto, desarmado y tirado a la basura porque se trata de uno de los fraudes historiográficos más grandes jamás perpetrados; esto es, porque es una operación malintencionada que tiene un propósito avieso —que es naturalizar la condición inferior, sometida y dependiente de la gente de esta parte del mundo, legitimando de este modo la superioridad y el dominio de lo “blanco”, lo “europeo” y lo “civilizado”. No pienso entonces que el problema sea de conocimiento (como si alguno lo fuera exclusivamente, además); creo que es ante todo un problema político —de este presente y de muchos presentes anteriores. Tal es la razón por la que me parece que el modo de recordar la aventura cortesiana —a partir de abril de 2019— está íntimamente relacionada con la “gran transformación” que Andrés Manuel López Obrador anda prometiendo en estos días.

Fugitivos cubanos en playas de Veracruz. Imagen convencional de una mentira

Por fortuna, advertir los absurdos del relato convencional no es particularmente complicado. Basta leer con un mínimo de picardía las fantásticas “cartas” de Hernán Cortés para sospechar que algo se oculta detrás de tanto elogio en boca propia, en medio de tanto hacerle la barba al emperador flamenco, por debajo de tanto puente destruido y reconstruido durante la batalla del lago de Texcoco. Si más tarde se repara —como muestra Marialba Pastor en este artículo (2016)—  en que las “cartas” son el alfa y el omega del relato maestro, o sea la fuente primordial de la conquista, es inevitable comenzar a poner en duda el sentido y los detalles de la leyenda, y preguntarse cuál ha sido su función metahistórica. Desde ahí será fácil encontrarse con algunos de los trabajos que han comprendido que las cosas no pueden haber ocurrido del modo en que Cortés las relató y  —excuse my French— han “deconstruido” las intenciones, las fuentes y la retórica de quienes intentaron dar cuenta de la guerra de 1520-1521 y sus alrededores desde mediados del siglo XVI. Habrá que leer especialmente Indios imaginarios e indios reales en los relatos de la conquista de México (México: Universidad Veracruzana, [1993] 2002), pues en este libro magnífico Guy Rozat destruye además la Visión de los vencidos: Relaciones indígenas de la conquista (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1959), la famosa antología de textos en náhuatl de Miguel León Portilla que supuestamente contaba la historia desde el otro lado —pero no.

En los últimos años, las obras que de alguna manera se rehúsan a someterse a la fábula cortesiana han ido aumentando en número y sofisticación analítica. Entre las mas significativos (para mi) se encuentran la tesis doctoral de Isabel Estrada Torres —“Los barrios indios de la ciudad de México: Un acercamiento al indio urbano, 1522-1650”, Universidad Autónoma Metropolitana (Iztapalapa), 2010—, donde se ofrecen los primeros indicios de que Tenochtitlan-Tlatelolco no fue destruida; el libro más reciente de Barbara Mundy —La muerte de Tenochtitlan, la vida de México, trad. Mario Zamudio Vega y Alejandro Pérez Sáez (México: Grano de Sal, [2015] 2018)—, que ofrece una imagen muy precisa y completa de la “sobrevivencia” de la ciudad prehispánica; el análisis de Ross Hassig —Aztec Warfare: Imperial Expansion and Political Control (Norman: University of Oklahoma Press, 1988)— sobre la manera de hacer la guerra en la Mesoamérica posclásica; este artículo de María Castañeda de la Paz (2011) sobre la nobleza mexica luego de su “derrota”; la “biografía” de Moctezuma: Apogeo y caída del imperio azteca, trad. Tessa Brisac (México: Ediciones Era, [1994] 2014), de Michel Graulich, que intenta comprender la irrupción de Cortés —ahora sí— desde el punto de vista del “vencido”, y últimamente el trabajo de Mathew Restall, When Montezuma Met Cortés: The True Story of the Meeting that Changed History (Nueva York: Ecco, 2018), que ofrece una visión de conjunto de lo que en realidad fue la última fase de la guerra entre Tlaxcala y la confederación acolhua-mexica-tepaneca.

De algún modo, sin embargo, estos trabajos no han hecho más que aplicar al mundo de Tenochtitlan-Tlatelolco lo que dos o tres generaciones de etnohistoriadores habían percibido ya en otras regiones de Mesoamérica y otros momentos del largo siglo XVI —pienso por ejemplo en Luis Reyes García, Bernardo García Martínez, Nancy Farriss, Inga Clendinnen, Serge Gruzinski, James Lockhart, Kevin Terraciano, Felipe Castro, Ethelia Ruiz Medrano y Benjamin Johnson, entre muchos otros—: sencillamente, que la destrucción del orden simbólico, social y material de los naturales existió sólo en la cabeza de los “conquistadores”… no obstante el colapso demográfico, la adopción del cristianismo, la invasión de animales y plantas euroasiáticoafricanos y el establecimiento de las instituciones novohispanas. O lo que es lo mismo: que la conquista hizo muy poco —prácticamente nada antes la década de 1570— para imponer la dominación colonial en Mesoamérica, y que ésta se produjo, cuando se produjo, menos a causa del poderío español que como resultado de acuerdos, pactos, compromisos y aun “papeles mojados” que las autoridades coloniales alcanzaron con decenas de aletemepe absolutamente independientes y más tarde con miles de pueblos y aun barrios que conservaron una notable autonomía. “Cuando se produjo”, en efecto: porque como los estudiosos de Yucatán, El Petén, San Luis Potosí, Guanajuato y  Zacatecas saben de tiempo inmemorial, el sometimiento de los pueblos amerindios fue cualquier cosa menos fácil e incontestada. La recurrencia temporal y la dispersión geográfica de las “rebeliones” indígenas durante la época colonial es un indicio por demás elocuente de la fragilidad del dominio “europeo” —y por ello también del mito cortesiano.

Dominación sin discurso de dominación, empero, suele ser tan letra muerta como la ley cuando carece de la potencia represiva del estado. Debe ser por ello que, durante muchos años, la ciudad (española) de México celebró religiosamente la portentosa victoria de Cortés y sus valientes en la fiesta de Corpus y también en el día de San Hipólito. Debe también ser por ello que —no obstante que el patriotismo criollo fue desentendiéndose de su herencia— la fulgurante victoria de Cortés y sus valientes fue escogida a la hora de la creación de México para definir la “edad media” de la patria (de ahí la tontería de los 300 años de dominación española). Es claro que la celebración colonial buscaba afirmar la realidad del dominio español urbi et orbi; que era una manera de conjurar un peligro que nunca desapareció del todo —el peligro de la ilegitimidad del orden colonial. Resulta paradójico, en consecuencia, que la independencia preservara intacto el sentido del tropo; esto es, que mantuviera viva la creencia de que la primera guerra mesoamericana en la que participaron los caxtilteca fue algo más que una contingencia.

Aunque más bien no es paradójico: como el complejo ideológico que da sentido al estado mexicano —liberalismo + mestizaje— enturbia pero no suprime la lógica racista del orden colonial, es evidente que el dispositivo cortesiano ha podido sobrevivir en un orden simbólico que al mismo tiempo reivindica el pasado indígena del territorio. (No olvidemos además que en el siglo XIX el mestizaje fue abiertamente un mecanismo para desindianizar a los mexicanos, no para reivindicar su condición “euro-indígena”.) Lo único que ha ocurrido es que ahora su propósito racista está escondido —como el racismo en su conjunto, por lo demás. La persistencia del cuento de Cortés y sus valientes en el imaginario mexicano contribuye por ello a preservar la idea de que la gente de esta parte del mundo tiene una relación fatalista con su presente, o que es ridículamente supersticiosa, o que lleva la violencia en la sangre, o que es incapaz de adaptarse la modernidad —modernidad, por supuesto, que es tan rubia, tan fina, tan tiesa, tan alta, tan cachas… como Pedro de Alvarado. (Aunque hay que recordar que Sabina terminaba: “qué agobio, hija.”)

Lo que habita en el tropo de la conquista, en otras palabras, no es más que la colonialidad, (malamente) cubierta con el vestido de la historia. De ahí que indigne y ofenda el programa de la UNAM y la Universidad de Salamanca —anunciado apenas el 4 de abril— que busca “celebrar” los “quinientos años de diálogo entre culturas”. (La hipocresía es quizá el peor de los pecados: si los organizadores quieren celebrar las andanzas de Cortés, que se atrevan a erigirle una estatua como la de Diego de Mazariegos en lugar de llamarle dialogo a su apología del colonialismo.) De ahí, en fin, que sea necesario contar con un gobierno que impulse una “gran transformación” en la historiografía pública —la historia de las calles y las conmemoraciones, la historia de los libros de texto y los monumentos— para poder recordar con propiedad política y académica sucesos antiguos y en apariencia poco relacionados con la crisis estructural que afecta a nuestro país. Precisamente porque son coloniales y por tanto parte fundamental —constituyente— de esa crisis.

1 Comment

  1. Siempre lúcido y beligerante el análisis de Luis Fernando que invariablemente nos dejan muchísimas más preguntas que respuestas. Gracias por esta reflexión que me apasiona, y especialmente por vincular la esperanza de un nuevo sistema asociado a la conmemoración de uno que definitivamente transformó la historia.

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