por Víctor Iván Gutiérrez Maldonado

En 2015 se cumplieron treinta años del sismo de 1985. Para conmemorarlo, diversas instancias gubernamentales —tanto federales como locales— realizaron diversas actividades: exposiciones fotográficas, conferencias, presentación de libros, un mega simulacro y hasta un concierto, en la plaza de las Tres Culturas, a cargo del tenor español Plácido Domingo.

A la par de estas conmemoraciones, no pocas televisoras dedicaron bastante de su programación a recordar la tragedia, presentando dos constantes: 1) la exhibición de los testimonios de los sobrevivientes y rescatistas y 2) la difusión de las afectaciones —físicas, mentales y materiales— de las víctimas. Todo indicaba que las conmemoraciones, las oficiales y las de las televisoras, construirían la memoria del sismo como un fenómeno —simplemente natural— de extraordinaria magnitud. Sin embargo, en estas conmemoraciones también hubo otra constante, a primera vista no tan evidente como las otras, que fue la de considerar al sismo como responsable de la caída del régimen de la revolución mexicana.

Para cumplir con este cometido, las conmemoraciones resaltaron varios aspectos. Primero, mencionaron que los derrumbes más significativos fueron aquellos construidos por el régimen revolucionario: el edificio Nuevo León de la unidad habitacional Nonoalco Tlatelolco, el Centro Médico Nacional, el Hospital Juárez, los multifamiliares Juárez, la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, la vocacional número 5 del Politécnico Nacional, la torre 2 del complejo Pino Suárez, entre otros.

Estos edificios compartieron la característica de que fueron construidos entre las décadas de los años cincuenta y sesenta, es decir, en el momento en que el régimen —a pesar de su autoritarismo, corrupción y vocación antidemocrática— entregaba tasas de crecimiento cercanas al 7 por ciento, seguridad laboral, salud gratuita y vivienda, al alcance de algunos sectores de la clase trabajadora.

El multifamiliar Juárez en 1985. (Foto tomada de aquí.)

Las conmemoraciones también dedicaron mucho de su tiempo a resaltar la desafortunada reacción del entonces Presidente Miguel de la Madrid. Sin embargo, pese a que De la Madrid fue el primero de los presidentes neoliberales, todavía gobernaba en el contexto y la inercia de las conquistas de la revolución, como el contrato colectivo, las basificaciones, las jubilaciones, la banca nacional, entre otros beneficios. Las conmemoraciones quisieron transmitir la idea de que De la Madrid aún pertenecía al régimen revolucionario, ése que construyó deficientemente las edificaciones derrumbadas por el sismo. Precisamente por esto, no cesaron en resaltar los hechos de corrupción de los funcionaros encargados en construir los inmuebles derrumbados, la utilización de materiales de baja calidad y la facturación fraudulenta de materiales que al final no fueron utilizados.

Esta crítica no era gratuita. Debido a la ilegitimidad del actual régimen, a éste le convenía construir el relato de que el régimen de la revolución no tuvo ningún acierto. Para la visión neoliberal, el derrumbe del edificio Nuevo León de Tlatelolco, el Centro Médico Nacional o los multifamiliares Juárez no representaron la caída de esfuerzos sociales que, pese a que se corrompieron, encarnaban un sentido nacional, necesario y vanguardista, sino la prueba fehaciente de la corrupción y la inoperancia de un estado extremadamente robusto, inoperante y caduco.

En cambio, las conmemoraciones poco o nada dijeron de que la desacertada reacción del gobierno ante la tragedia tuvo como resultado la aparición, en la capital del país, de un sinfín de organizaciones populares cuyas demandas planteaban la entrega de viviendas para los damnificados. Tampoco dijeron nada acerca de que la solidaridad de la sociedad capitalina ante la tragedia incidió en el crecimiento sin precedente del entonces candidato a la presidencia, Cuauhtémoc Cárdenas, en 1988. Mucho menos señalaron que el sismo tuvo como repercusión que a partir de 1997, los capitalinos tuvieran la oportunidad de elegir a sus autoridades, consolidando desde entonces una plena identificación política con las coordenadas ideológicas de la izquierda —más allá de que en la actualidad Mancera gobierne fuera de esta orientación.

La construcción, el uso y el abuso de la memoria de los hechos traumáticos es, ante todo, una batalla política. A diferencia de procesos como los fraudes electorales de 1988 y 2006, o recientemente la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, hechos traumáticos como el fraude del 2012, la privatización de Pemex del 2013 y el mismo sismo de 1985 siguen siendo objetos memorísticos de disputa. Por lo tanto, los recientes sismos del 7 y 19 de septiembre son dos fenómenos que se encuentran abiertos a asignarles un auténtico recuerdo.

 

1 Comment

  1. Muy bien tu opinion Victor recordando como el sistema priista actual en colusion con los desacreditados medios de comunicacion, sesgaron la conmemoracion del sismo del 85 hacia el exhibir que el viejo regimen priista era culpable por su omision y comision de la caidad de los edificios hechos por el sector publico, lo cual es una falacia enorme dado lo que vimos durante los sismos recientes, finalmente se ve claro que el priismo actual es peor que el de aquellos años y trata de curarse en salud. Saludos.

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