Crónica de un largo hostigamiento

por Pedro Salmerón Sanginés

 I.

Mi computadora personal, instrumento básico de trabajo, amaneció colapsada. No sé cómo decirlo porque como es de conocimiento público no sé nada de computación. Simplemente, no tengo acceso a ella, ni a mis archivos (casi todos debidamente respaldados). Al mismo tiempo, llegó al correo de la doctora Gabriela Pulido Llano, mi esposa, una copia, alterada, de un mensaje de texto extraído de mi teléfono.

Punto final. He decidido denunciarlo en público. Ya varias veces he anunciado que hackean (o lo que sea) mis cuentas, usurpan mi identidad en internet, envían a mi nombre o manipulan mensajes directos desde mi cuenta de correo, mi Twitter o mi Facebook (y ahora, también mensajes de texto desde mi celular. Además, por supuesto, siguen mis pasos a través de la actividad copiosa de mis redes sociales.

El hostigamiento y el espionaje iniciaron en 2012 y coincidieron con cuatro cosas a las que pueden ser atribuidos:

uno. El inicio de mis denuncias en La Jornada de “los falsificadores de la historia”;

dos. Desde los primeros artículos, las amenazas por internet de un conocido empresario de ultraderecha cuya familia ve a dios, y que en una ocasión le envió a Gaby, desde su cuenta, el guion de una novela erótica del que solo existía una copia en mi disco duro.

tres. Mis denuncias públicas del racismo conspiranoico de un conocido columnista (quien además sostiene, falsamente, que milita en mi partido, a raíz de lo cual lo denuncié, pues su posición y actitudes son contrarias a nuestros principios). A partir de mis señalamientos políticos, el columnista en cuestión mantiene, con sus paniaguados y sus seguidores, una campaña permanente de acoso y calumnia con base en mentiras descaradas, que también ha llegado hasta mi esposa y mi familia. Este calumniador ha llegado al extremo de pretender involucrarme con redes criminales, sin que sus mentiras descaradas tengan consecuencia ninguna.

cuatro. El inicio de un activismo político visible, abiertamente ligado a Morena (partido del que soy fundador). Nunca he querido ser conspiranoico ni creo tener importancia de ninguna especie para creer que agencias estatales o paraestatales me vigilen y acosen ni para que interfieran en mi vida privada, pero dada la pericia técnica de mis cobardes y secretos enemigos, no puedo descartarlo del todo como la cuarta posibilidad, máxime que el espionaje ha arreciado cuando mis responsabilidades en Morena han crecido (como en estos días).

II.

 ¿Pericia técnica? Así es. Al principio recurrí a mi hermano y a uno de mis primos, ambos son profesionales de los sistemas de cómputo. Nada pudieron hacer. Luego le pedí ayuda a mi amigo Eduardo Penagos, especialista en redes sociales, quien tampoco pudo impedir las intromisiones ni detectar el sitio donde se originaban. Finalmente, me asesoré con Jesús Robles Maloof, gran abogado, humanista y especialista en seguridad cibernética y privacidad, y los esfuerzos de su gente también resultaron vanos.

¿La policía cibernética? ¿De verdad? ¿En el país donde agentes del estado participaron activamente en la desaparición de 43 estudiantes a la vista y con la indudable complicidad—aunque sea por omisión— del ejército y la policía federal? ¿En el país en que hay gobernadores señalados por sus actos criminales reiteradamente y que son puestos como ejemplos por el presidente en turno hasta que se les permite fugarse?

En fin. A causa de estas acciones ilegales, a lo largo de ese trayecto he perdido amistades, cerré todas mis cuentas de internet salvo la institucional (que también leen mis hackers: o les pagan muy bien o están obsesionados con mi vida), he cancelado algunas veces mis cuentas de Twitter y Facebook y recurrentemente vuelvo a pensarlo. También he tenido algunos desagradables malentendidos personales.

III.

Termino. Si la intención de mis enemigos anónimos y cobardes es silenciarme, no lo lograrán: mis redes y mis artículos, mi pluma y mi teclado son mis armas y no pienso renunciar a ellas. Lo que sí advierto de manera pública es que ningún asunto que pueda ser delicado, político o personal, será tratado por ninguna de las vías “modernas”. No usaré el teléfono ni el correo, sino para asuntos de trabajo y operativos. Cualquier cosa más allá de eso, lo trataré con quien sea tomándonos un café. Por tanto, ningún mensaje mío que no se circunscriba a “nos vemos en tal lado a tal hora”, “si, voy a esa conferencia”, o “te mando el artículo en cuestión”, no procederá a partir de ahora de mi persona, sino de quienes invaden mi vida privada (que en redes y por teléfono no es privada). Regresamos (¿alguna vez dejamos de estarlo?) a los tiempos oscuros en los que activistas, opositores, periodistas jugábamos al semiclandestino porque nos sabíamos espiados.

Debe ser dura la vida de mis espías: luego de cinco años saben que no tengo cola que me pisen, que no pueden acusarme de nada, que las únicas armas que tienen en sus manos son la mentira, la calumnia y la intromisión en mi vida privada. De verdad debe ser aún más duro para ellos darse cuenta que mi familia y mi matrimonio son mucho más sólidos que sus cobardes intromisiones y que así lo seguirán siendo.

 

5 Respuestas a “Crónica de un largo hostigamiento

  1. Quizá podrías tener tu cuenta de redes sociales ligada a un teléfono que no sea el personal. De esa manera, ni contactos ni otra cosa obtendrían en caso de que accedieran por ahí. Facebook tiene menos filtros que Twitter y es más fácil obtener información de ahí sin que te percates. La otra aplica igual con las computadoras, una para el trabajo, archivos personales que nunca se conecte a internet y la otra que únicamente descargues lo que se escriba para el periódico. La única manera no convencional y hasta tediosa pero efectiva es que donde uses redes sociales o te conectes a internet no tengan archivos personales ni escritos

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  2. Dr. Pedro Salmerón como usted señala, sus armas son sus artículos. su pluma, sus redes sociales, paginas y esto genera miedo a los intolerantes, a la gente del poder. Quiero expresarle mi admiración por su trayectoria como el gran historiador que es usted.
    Atentamente
    Guillermo Alberto Xelhuantzi Ramírez.
    Estamos a sus ordenes.

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  3. Mi solidaridad está contigo, Pedro. Ojalá cese esa intromisión para tu mayor tranquilidad y para seguir disfrutando los lectores de tu producción historiográfica. Saludos desde Sinaloa.

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